(02/52) Yo espero

de Serge Bloch

Llevo dos días dando un taller.

Tengo que poner en orden las ideas que voy soltando.

Pero ahora solo quiero eso: soltarlo todo.

Deshacerme de tantas cosas de las que me fui haciendo.

Ropa, trastes, rencores.

Olvidé un par de libros para el taller: Los misterios del señor Burdick y Ahora no, Bernardo. Los talleres me van dando un mapa de los libros que realmente uso. Los libros que me encantan, a los que siempre vuelvo. Los que he releído una y otra vez.

Por ejemplo, Yo espero de Davide Cali y Serge Bloch. Sin duda mi libro favorito de la vida. Por lo menos el libro álbum. Su cubierta blanca ya es gris y amarilla. Gracias a que es de pasta dura no se ha desbaratado, pero su costura está ya bastante abierta. En la primera página, pasando la guarda, tiene una dedicatoria y dibujo que me hizo el mismísimo Serge Bloch en un taller donde lo conocí en 2013 cuando fui al ya extinto Ilustratour a Valladolid. El libro lo compré en 2006. Tiene tantos años como mi sueño de ser ilustradora. Siempre que regreso a él y lo leo en voz alta, a niños pequeños, jóvenes, estudiantes de diseño o ilustradores profesionales, familiares, amigos, siempre digo y me digo: todo es posible, todo se vale.

Pero encontrar esas amplias posibilidades no es fácil. La simpleza con la que está construido ese libro da prueba de que no es necesario hacer cuadros complejos pictóricamente para generar una atmósfera. Amo las atmósferas de ciertos ilustradores que usan técnicas sumamente plásticas, pero las ilustraciones de Serge Bloch siempre me paran la respiración y me hacen querer desentrañarlas.

¿Cómo esto logró hacerme sentir así?

Es quizá porque el amor se da en esos puentes donde nos identificamos no sólo en el contenido y en la forma, sino en la magia que surge al combinar las dos.

Llegar a la simpleza con que Bloch construye sus escenarios es sin duda algo a lo que aspiro y no es fácil. Pasa como con los personajes de Paloma Valdivia. Pasa con los llamados artes primitivos o prehistóricos, también con el dibujo de niños o el art brut. Basta visitar cualquier museo de antropología para que se nos pare la respiración a todos con la manera de representar a los humanos, a los animales.

Serge Bloch se basta sólo de un fondo blanco, fotografiado con más o y con menos luz, un hilo rojo y tinta negra. La alquimia viene del simbolismo con que impregna cada elemento y de cómo toma en consideración también la tipografía y el formato de la hoja, sola y al estar abierta en doble página, para componer cada imagen, el ritmo de su lectura y la secuencia de la historia.

Y, por supuesto, lo que dice el texto, la forma misma de las palabras que concatenan esta historia ilustrada. Y leerlas, si es posible, en voz alta.

Yo espero es un poema con un estribillo que se repite cada que el niño crece un poco más. El hilo es esa tradición japonesa del hilo que nos une a otros, pero es también y sobre todo el propio hilo de la vida. Esa secuencia lineal del tiempo que nos engaña y nos hace creer que todo ocurre en secuencia y no simultáneamente.

Yo espero
…crecer.
…un beso antes de dormir.
…que el pastel esté listo.
…las vacaciones.
…que deje de llover.

Y cómo no va a ser simultáneo si está narrado todo en presente. Lo que le pasa al niño, joven, adulto, viejo, nos ocurre cada vez como lectores en un loop infinito.

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miope e hipermétrope al mismo tiempo pero en ojos distintos

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