(04/52) La lista de la compra

Abril Castillo
4 min readJan 23, 2021

La última vez que caminé un día soleado de fin de semana fue el 5 de diciembre. Venía de regreso del funeral de mi tita Tere, mi abuela paterna. La velamos brevemente en Gayosso de Félix Cuevas, un funeral que ella tenía pagado desde hace más de treinta años. Llegamos a una misa muy breve. Era sábado. Tomás, mi ermano, dijo que mi tita era tan prudente que casi parecía que hubiera planeado su muerte un viernes a mediodía para no importunar a nadie. “Así no se tienen que perder clases o días de trabajo y tendrán el fin de semana para sentirse tristes y volver el lunes a la normalidad”, bromeaba mi ermano. Luego de la misa se llevaron el cuerpo y unos pocos nos despedimos de ellas en eso que llaman “el último adiós”. Mi papá se abrazó con sus dos hermanos, y yo con mi prima Itzel y con Tomás, como haciendo team back de dos equipos: “¿Ahora como vamos a vivir sin mi tita?”. Cada generación decidiendo entre lágrimas qué seguía.

Esperamos las cenizas en una cafetería enfrente. Comí los molletes más asquerosos de la historia. Mi mamá pidió un consomé y volvió el estómago. Tomás le prestó su playera y se quedó solo con un suéter de cuello en V. De milagro traía playera y suéter, Tomás nunca usa suéter. Regresamos a despedirnos. Se repartieron en tres coches y yo les dije que me iba caminando.

Pasadas dos cuadras crucé la calle corriendo antes de que se acabara el alto y tan pronto toqué puerto, el siga dejó correr los autos a mis espaldas. Escuche un claxon y vi a toda mi familia en la caravana de tres despidiéndose de mi. Adiós les hice con la mano y seguí caminando.

Quería recordar el trayecto. Pero no quise sacar mi celular para anotar. Iba viendo el nombre de las calles y cada tanto giraba a la derecha y luego seguía derecho. Me guiaba por la dirección general de saber que yo vivía hacia allá. No recuerdo el nombre de ninguna calle. Solo que una estaba toda destruida, sin banqueta, y tuve que cambiarme a la de enfrente. En esa esquina me pregunté qué tan cerca estaría Hiperlumen de ahí, y saqué mi celular: ya estaba bastante lejos. Así que me seguí hasta mi casa y de ahí no salí en varias semanas.

Hoy también es sábado. Han pasado siete semanas desde entonces y me dispongo a ir a Hiperlumen. Ha de haber sido por eso que recordé con tanta nitidez ese otro día.

Quiero volver a dibujar y para eso quiero poner pliegos de bond en la mesa del comedor. Cuando íbamos a La Posta siempre dibujaba en el mantel. Luego nos llevábamos esos pedazos y por ahí tengo varios guardados. Una vez mi papá quiso recortar un cuadrado con su navaja suiza, para que no quedara el papel todo desgarrado. Lo trazó con cuidado y cuando yo quise hacer lo mismo, al levantar mi dibujo me traje también un fragmento de la tela azul marino del mantel de abajo del papel. Mi papá se cruzó la boca con un dedo y nos reímos en silencio. Dejamos ahí el dibujo para que no se viera el hoyo directo hasta la mesa.

Cuando recuerdo esos dibujos pienso en la acción colectiva de dibujar. Recuerdo las noches de dibujo en la Pizza Local y cuánta risa me daba empezar a trazar lo que fuera sin ninguna expectativa de nada. ¿Por qué no puedo ilustrar con ese mismo gusto de estar dibujando lo que sea? Me pasaba igual en los talleres de ilustración, pero nunca había pensado en que quizá se debía a ese momento colectivo.

Releí hace poco un ensayo muy hermoso de Laura Sofía Rivero sobre los talleres. Todos supongo hemos sentido cosas a favor y en contra de los talleres. Que si se vuelven una adicción. Que si nos hacen dependientes. Que si nos quitan seguridad. Que si pueden volverse sectas. A pesar de todas esas voces que se imponen en mi cabeza, siempre estoy tomando talleres. Los amo. Los necesito. Los disfruto al infinito. Últimamente ya casi no me gusta dar ni organizar talleres, pero me encanta ser parte de ellos.

Laura Sofía lo defiende de un modo que me hizo mucho sentido. Ella habla de que para ella la idea de taller (aunque sea literario) va muy ligada al primer taller que tomó en su vida: uno de carpintería. Habla de la comunidad en un taller, de la parte técnica y práctica, del espacio compartido y los procesos colectivos. Detenme el tablón mientras paso el serrucho. Mídele mientras yo lo marco. Todos tocando las piezas de todos. Cada quien responsable de su mueble final.

Extraño eso de los talleres de dibujo y es quizá lo que tanto trabajo me ha costado de que la maestría en dibujo se haya vuelto virtual.

Darío, mi profesor de este semestre, me recomendó poner papeles por toda la casa para provocar eso que llamo dibujos accidentales, dibujos sin retorno, dibujar porque sí.

Me dio nostalgia de La Posta y la Pizza Local. Extrañé estar cerca de mis amigos dibujando y riendo y compartiendo materiales y una plática de cualquier cosa. Luego recordé que todos los días como en un comedor que comparto con otro ilustrador y ferviente dibujante. Y pensé que hasta en los momentos que no esté aquí, puedo seguir riéndome mientras dibujo. Basta de llorar mientras escribo (o no sólo).

Así que ya me voy a Hiperlumen. Quiero comprar:

  • Pliegos de papel bond
  • Pliegos de papel revolución
  • Plumas de gel negro
  • Cuadernos gordos para retomar mis bitácoras diarias
  • Algodón para germinar más frijoles
  • Maskin azul
  • Un tubo para enrollar los papeles
  • Piedras que me encuentre en el camino para estirar el papel sobre la mesa

También he estado pensando que quizá no quiera ya el escritorio de mi tita. Es hermoso e histórico pero es demasiado grande. Necesito más espacio, mi propio espacio.

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Abril Castillo

miope e hipermétrope al mismo tiempo pero en ojos distintos