(05/52) Vecinos

Abril Castillo
3 min readFeb 2, 2020

Pasa con los vecinos que estamos tan cerca de su intimidad, que a veces nos sentimos con el derecho de intervenir en su vida. Nosotros, en la distancia, vemos con más claridad sus aciertos y errores. Pero no porque tengamos nada de especial en nuestra visión. Pasa lo mismo viceversa: ellos sabrían mejor recomendarnos qué es mejor para nosotros, pero muchos vecinos no pasamos nunca del hola, buena noche, ¿le cierro o le dejo abierto?, ¿viene con usted?, gracias, con permiso, hasta luego, propio.

Esto me pasó el otro día en la UNAM. Habíamos ido Santiago y yo a hacer las entrevistas del diplomado y al terminar, afuera de nuestro salón había un señor vestido con un traje gris oscuro, como si fuera un oficinista, pero sentado en flor de loto, como si fuera un estudiante.

– ¿Vienes a las entrevistas de ilustración?

– ¿Las entrevistas de qué? – nos preguntó, apartando su vista medio segundo de su celular, y cuando nos disculpamos con la mano, volvió a su pantalla, siguió jugando Two Dots.

Caminamos por el pasillo Santiago y yo, satisfechos de haber entrevistado a casi treinta personas. Hablamos un rato en el pasillo y el señor del traje gris nos pasó de largo.

– ¿Lo dejamos en 20 alumnos entonces?

– Ya vas.

Mientras Santiago fue a hacer papeleo a la dirección, yo pasé rápido al baño.

Desde que abrí la puerta, sentí un tufo difícil de ignorar. Aguanté la respiración tanto como pude y entré a la cabina vacía. La de al lado estaba ocupada por quien a todas luces tenía diarrea líquida. Respiré por la boca cuando ya no pude retener más el aire. Oriné a toda prisa. Mi vecina de cabina salió y se lavó tan rápido como pudo las manos. No la culpo, en una situación igual (haber hecho una fiesta hasta tarde en la madrugada, una pelea a grito pelón, una filtración de agua), a mí también me incomoda tener que ver al vecino a los ojos en el pasillo, un instante después o al día siguiente.

Cuando salí de mi baño, solo vi un traje gris oscuro desaparecer tras la puerta hacia el exterior de la Unidad de Posgrado.

¿Era el señor oficinista? ¿El tipo se había metido al baño de mujeres a cagar? ¿Habría seguido jugando Two Dots mientras vivía su diarrea líquida? Tenía que verlo. Encararlo.

Antes de lavarme las manos, corrí a la puerta y la entreabrí para verlo bien. Para comprobar.

Vi su nuca y en ella un chonguito blanco. Me sentí aliviada de que no se hubiera metido un hombre a nuestro baño. Me lavé las manos y salí.

Volví a respirar por la nariz.

Mientras esperaba a que Santiago saliera de la coordinación, vi todo tipo de trajes portados por gente que va a hacer exámenes profesionales. Familiares acompañándolos. Algunos cargan flores que les dieron o que están por entregar. Un patio circular de piedra sin sombra a donde hacerse, lleno de gente elegante y feliz. Si has llegado al día de tu examen profesional, toda la angustia quedó detrás.

Respiré ese ambiente de fiesta y de oxígeno de la UNAM.

En eso, vi pasar la cabecita con chongo blanco otra vez; se le veía feliz, acompañada de un joven recién titulado, imaginé, y una mujer de mediana edad. Tres generaciones. Ninguno traía flores en las manos, sino unos chicharrones bañados en limón y muchísima Valentina. Cuando vi a mi antigua vecina de cabina tragarse un boche de chicharrones, me costó mucho aguantarme las ganas de decirle que ella claramente no estaba en condiciones de andar comiendo eso.

Pero como buena vecina, me hice de la mirada gorda. Después de todo, ella no sabía que yo era la de la cabina de al lado. También hay relaciones de vecinos ciegas. Como el de Vértiz que vivió pared con pared conmigo por un año y al que yo nunca vi.

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Abril Castillo

miope e hipermétrope al mismo tiempo pero en ojos distintos