(06/52) La fiesta de los calcetines

Abril Castillo
3 min readFeb 24, 2022

Llevo diez días en este cuarto. Empecé con síntomas de covid el martes pasado. Nos contagiamos todos en un cumpleaños doble. Euge cumplió treinta y Tomás veinticinco.

En casa de Euge a la entrada nos quitamos todos los zapatos. Yo traía unos calcetines verdes que en realidad eran los terceros.

Primero traía unos tines azul marino con rojo y amarillo que me regaló el ticher una navidad, los mando pedir en esa tienda de Guadalajara, Nimia; o más bien me los compro una vez que fue a dar un taller a esa ciudad.

La segunda capa eran unos calcetines ligeros negros con borde rosa que me compré contigo, rata, cuando nos compramos nuestro uniforme de Panamá.

Hasta el último traía unos calcetines más gruesos color verde cotorra que le robé a mi mamá.

Me puse falda ese día y mis botas vino que me había comprado para visitar a Oyuki en la nieve, aunque ya no fui esas botas siempre serán las de Oyuki, de esa Suecia que no ocurrió.

Al llegar y ver todos los zapatos en el piso dije chin, se me van a ver mis calcetines verdes brillantes. Luego fue bonito. Como si inconscientemente lo hubiera hecho a propósito

. Todos estábamos descalzos en esa fiesta, y con calcetines. Fue la fiesta del siglo. Muchos acabamos con covid.

Inmunidad de rebaño, me dijo mi mamá.

Me sentiría más sola si no es porque salgo todo el tiempo, por lo menos en forma de cuerpo psíquico, conectándome en videollamadas y mandando mensajes al por mayor. Unos días me he ido a tomar el sol al jardín. Han sido los mejores días. Cambia totalmente la perspectiva que te dé el aire, ver el cielo, cruzarte con otro humano aunque sea a lo lejos y siempre con cubrebocas.

Me imagino que en otros tiempos era imposible o por lo menos difícil mantener relaciones a distancia.

Cuando en 2005 vine con Itzel por primera vez a Europa sólo podíamos mandarnos mails con nuestra familia. Y para involucrar el cuerpo sólo estaba la voz con las llamadas telefónicas. Era solo un sueño todavía poder ver la cara de mi mamá o de mi novio mientras le platicaba, no de mi día, sino de la última semana.

Las conversaciones se comprimían y teníamos que hablar en modo resumen. A destiempo además, porque las cartas son así: largos monólogos donde el otro solo es evocado, ya por lo que te contó o por lo que tú recuerdas o por lo que de pronto decides responderle. Mandé muchos mails en esa época y postales.

Las llamadas eran una ruleta rusa. Era tan probable como improbable que te respondieran del otro lado. Si lo hacían, una angustia contenida se pulverizaba al instante; si no había suerte, la carga se hacía más pesada. Un miedo de noche, hasta probar días después a ver si la voz al otro lado se corporizaba en el siguiente intento. A ver si seguía habiendo alguien ahí.

Solo viajamos tres semanas en ese entonces. Tenía unos veinte años y seguía siendo tan miedosa como a los doce que se divorciaron mis papás y empecé a dormir unos días fuera de casa y lejos de mi mamá. Tan miedosa como a los quince que me subiría a un avión hacia Canadá, con la certeza de que se iba a caer.

Ahora es posible ver la cara y sentir las voces de todos todo el tiempo todos los días. Mi mamá, mi novio y mi mejor amiga; diario escucho sus voces, siento que me pierdo poco de la grieta que nos separa.

Pero en realidad no es lo mismo, es una ilusión. Porque los otros sentidos con los que nos conectamos no están. No puedo probar la comida de mi mamá, ni tocar el pelaje de mis gatos, ni oler la piel de Santiago.

Y aún así las voces atraviesan de un lado al otro los continentes y aquí estamos. Menos solos. Más conectados.

Estos días mi habitación se ha convertido en una extensión de mi mente. Doy vueltas en mini círculos. Lo primero que haga cuando salga será ir a ver el mar.

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Abril Castillo

miope e hipermétrope al mismo tiempo pero en ojos distintos