(07/52) Doblar y colgar

De niña lo que más odiaba de guardar mi ropa era la que tenía que colgar. Así que ésa casi siempre la dejaba tirada en el piso. No me molestaba doblar playeras y había aprendido a los 9 años a doblarlas como en las tiendas, o más bien, como mi abuela y mi mamá las doblaban (¿las doblarían igual o cada una tendría su método?). No me importaba doblar ropa interior y disfrutaba buscar los pares de los calcetines y enrollarlos juntos, aunque mi abuela una vez me dijo: No hagas eso, se les arruina el resorte.

Jamás planché camisas ni vestidos. La Gadocha, la mamá de mis primas Marcia y Valeria, me enseñó a desarrugar la ropa recién salida de la lavadora. Los pantalones se deben tomar de la cintura y abrocharlos imaginariamente con los dedos, tomar con ambas manos de ahí y agitar al aire con furia extrema. Al dejarse secar, estarán estirados. Lo mismo con las camisas y vestidos. Nunca se verán como pasados bajo el calor de la plancha, pero por lo menos no estarán llenos de líneas y pliegues.

A mi abuela le encantaba planchar. Me imagino que la relajaba igual que a mí lavar los platos o limpiar el arenero de mis gatos. Cuando me veía con mi ropa arrugada me decía: ¿Te la plancho? Pero ni modo que me la quitara ahí en el restoran.

Algo que siempre preocupaba a mi tita cuando nos compraba ropa en navidad a mi prima Itzel y a mí, era si la íbamos a cuidar. “Lo que me preocupa es si van a saber cómo cuidar esta ropa, cómo lavarla, llevarla a la tintorería. Si no, no les va a durar”. Imagino que extrañaba mi tita esa época cuando nos compraba en vez de ropa algún juguete, muñeca o juego de mesa.

Muchas navidades, antes de que mis primas se fueran a vivir a Ithaca, nos juntábamos a festejar y en la madrugada abríamos los regalos y los chicos jugábamos en el piso de arriba de la casa de Cerro de la Miel y los grandes se quedaban abajo riendo hasta el amanecer. No eran en realidad las navidades, casi ninguna navidad la pasamos juntos los Castillo, era más bien siempre el Año Nuevo, esa siempre ha sido nuestra navidad verdadera.

Un año mis titos nos regalaron juegos de mesa a los seis nietos y después de la medianoche los queríamos abrir y jugar. Ha de haber sido de los últimos años nuevos todos juntos ahí. Antes de que mis titos vendieran esa casa, mis primas y mis tíos se fueran del país, antes de que mis papás se divorciaran. Estábamos todos ahí. Ha de haber sido 1993. Y jugábamos con juguetes antiguos en el que alguna vez había sido el cuarto de mi papá y de sus hermanos. Un cuarto sin rastro del tiempo. Las camas intactas, tendidas, una habitación azul. El closet aún lleno de las pertenencias de la infancia: bats y pelotas de béisbol, maderos y tinker toy.

Hay que traer nuestros juegos de mesa, propuso alguno de los primos. Valeria bajó corriendo a preguntar. Siempre ha sido la más fuerte y directa, no le podrían decir que no. Aceptó la misión. La esperamos emocionados de jugar Operando, Atrapa ratones o Línea directa. Valeria regresó corriendo con la misma emoción que se había ido, quizá más. Quizá por eso nadie notó que traía las manos vacías: Dicen nuestros papás que no, nos dijo en el mismo de tono de voz que habría usado para decirnos: Que bajemos por ellos y empecemos a jugar. Para decirnos: Dijeron que sí. Hasta para las malas noticias, Valeria siempre nos hacía reír a todos, y en esa risa nadie se enojaba porque nos reíamos juntos.

Años después mis titos nos empezaron a regalar ropa a Itzel y a mí. Crecimos como hermanas. Aunque su hermano era Iván, él también era como mi hermano. Éramos todos primos pero en realidad crecimos como seis hermanos en escalerita: Itzel, Marcia, yo, Iván, Valeria y Tomás. Mis titos nos agrupaban en pares: Itzel y yo, Marcia y Valeria, Iván y Tomás. Los pares les servían para regalarnos lo mismo en Año Nuevo o para voltearnos los nombres.

A partir del ‘94 nos empezaron a regalar ropa. Chamarras para la nieve a mis primas, unos suéteres de colores con cuello de tortuga a Iztel y a mí, juguetes a los niños. Una vez Tomás pidió unas fresas con crema de navidad. La ropa que nos daban a Itzel y a mí eran prendas casi iguales excepto por alguna variación de color. Yo siempre quería la que le tocaba, era mi hermana mayor y quería ser como ella. Tú copias, me decía de bebés cuando la seguía a todas partes.

Tiempo después, mi tita prefirió llevarnos a alguna tienda juntas y que cada quien eligiera la ropa a partir de un presupuesto. Y lo único que le preocupaba era si la íbamos a saber cuidar. Una madre que confía y unas hijas que mal que bien deben hacerse cargo.

Hoy en día yo me compro mi ropa. La lavo, la sacudo al aire al salir de la lavadora para que se estire. Sigo sin planchar nada. No me molesta dejarla secando ni doblar playeras, ropa interior; disfruto encontrando los pares de los calcetines y me obsesiono a muerte cuando alguno se pierde, confío en que ya aparecerá y casi siempre lo hace, días, semanas o meses después. Muchas veces cuando veo mis vestidos en el piso después de un día que los usé recuerdo a mi tita diciéndome que cuide mi ropa. Como si cuidarla fuera un poco cuidarla a ella, cuidarme a mí. Estimar tu ropa como extensión de tu cuerpo y de tu bienestar.

Hoy que es domingo me levanté y puse todo en su lugar. Y no lo sufrí tanto como pensé que lo haría. Después hice waffles belgas para el desayuno.

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miope e hipermétrope al mismo tiempo pero en ojos distintos

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Abril Castillo

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