(11/52) De palmera a jacaranda

Abril Castillo
4 min readMar 30, 2019

Supongo que los días en que veré estas palmeras al despertar están contados. No lo supongo. Es así.

Supongo que extrañaré ver las palmeras al despertar. Y antes de dormir. Que extrañaré los atardeceres vistos a través de estas ventanas de fierro y a Parvana mirando los pájaros pararse en las antenas y en los cables que están aquí también como vista. Porque en las ciudades hay palmeras, pero también muchísimo ruido visual.

No voy a extrañar los gritos de chinga tu madre hijo de puta (y esta es una cita textual, porque casi acaban de chocar unos batos hoy y ahorita, sábado treinta de marzo, a las ocho cuarenta y ocho a eme), que suenan con la misma frecuencia que los cantos de pájaros, cada que alguien se pasa el alto en el cruce de Vértiz y Diagonal. Y tienen razón. En estos casi diez años viviendo aquí han atropellado, yo diría, a una persona cada seis meses. Motociclistas, bicicletistas, peatones. Nunca han atropellado a un perro, dios bendito. Como si fuera culpa de un peatón pasar cuando tiene su siga de peatón, pero a un animal, a los perros por lo menos, se les respeta.

No voy a extrañar que el piso tiemble cada que pasa un tráiler, camión de mudanzas, trolebús, pesero, auto, bici, niño en patineta o mariposa. Aunque he de decir que aprendí a distinguir los temblores reales de los cotidianos. Los que vienen del fondo, de aquellos que son superficiales. Y ojalá ésa sea una metáfora y ese conocimiento me sirva para la vida de algún modo inesperado. Porque la verdad es que ahora que lo digo, hasta estos pequeños temblores los voy extrañar.

Voy a cambiar la vista de las palmeras por una de jacarandas. El calor insoportable por el sol de la mañana. La vista a un parque lleno de vida por una a otro edificio abandonado. El ruido a todas horas de Vértiz, por el silencio profundo de la noche.

No extrañaré los tinacos de asbesto ni la antena gigante de alguna telefónica ni los tipos que un día arreglándola dejaron caer sin querer un desarmador y nadie iba pasando por suerte, pero si alguien hubiera pasado abajo, lo matan.

Extrañaré, eso sí, los pisos de madera. Lo bueno que en el nuevo departamento, los cuartos los tienen también. Y no voy a extrañar de éste que hay partes donde el suelo está inclinado, como en casa del tío Chueco. Y es justo de ese lado de donde está la antena, porque la antena no pesa tanto, pero sí el centro de control y electricidad, que pesa tanto que el techo de mi vecino de al lado está medio hundido. Y es que si pongo una pelota al inicio del cuarto que uso como estudio, ésta rueda a una velocidad lenta pero considerable; digamos que le ganaría a un caracol sin problemas y a lo mejor hasta a un ratón cansado.

Ya no voy a poder decidir qué ponerme con solo ver por la ventana. No recuerdo cómo antes de vivir aquí le hacía para saber si hacía frío o calor (y cuánto). Porque hay cosas que el celular no puede decirte, como si nos estaremos derritiendo al grado de usar falda, o si es una exageración salir con abrigo.

Diría que voy a extrañar salir a correr en las mañanas. Pero la verdad es que tampoco salía tanto y prefiero desde hace años tomar el metro e ir a los viveros. Y tampoco voy a extrañar mis juguitos de la pecera, porque me van a quedar casi igual de cerca.

En ciertos momentos absurdos pienso que voy a extrañar a mis gatos. Los veo ahora mismo mirando juntos por la ventana como si fueran un solo cuerpo. Extrañar dormir con ellos. Llegar y que me estén esperando en la puerta, Parvana subida a la mesa, Aparicio abajo de una silla. Y luego recuerdo que sólo voy a dejar este espacio que me contiene de momento. Que mi casa no es ni las palmeras ni las jacarandas. Los parques que la rodean ni el silencio que quizá me deje dormir mejor.

Nos iremos todos a ese nuevo lugar. Almas buscando otro cuerpo. Y estaremos igual de felices como hoy. O capaz, quién quita, hasta nos vaya mejor.

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Abril Castillo

miope e hipermétrope al mismo tiempo pero en ojos distintos