(11/52) Siguen llegando las cucarachas y yo ya no quiero estar aquí

Hoy me despertó una cucaracha del tamaño de una moneda de veinte pesos. No así de gorda pero sí de larga, si pensamos que el diámetro es ancho y largo pero en este caso es de altura porque las cucarachas son flaquitas. Quizá es más preciso compararla con un chile serrano, una jacaranda o una caca de gato, de esas que son bolitas. Nada de lo que digo es preciso. No era así.

Parvana se quedó parada sobre mi calendario en vez de entre mis brazos. Ya me había despertado Santiago unos minutos antes porque fue al baño y abrió y cerró ese roperito (del que me urge deshacerme) para darles de comer a los gatos. Eran las seis de la mañana y la puerta se atora tanto al abrirla o cerrarla que me desperté.

Antes las croquetas las guardábamos en mi closet pero se llenaron de hormigas hace un mes.

Por lo menos dormí de corrido de las doce a las seis, pensé, cuando por más que respirara como meditando no lograra volverme a dormir, tratando de regresar a ese sueño donde estaba de vacaciones en una playa con la familia Castillo y la familia Cabrera. Personajes medio random o mezclados. Un poco del cuarto de mi mamá de Copilco 300 en el edificio diez, cuando abría y cerraba cajones tratando de conectar sin éxito mi celular y escuchar la canción de Las flores mientras me echaba un regaderazo y me preguntaba donde había dejado mi traje de baño sin poder recordar de qué color era. Todo era tan pulcro y nuevo en ese baño, blanco con cristales en vez de cortinas para separar la regadera, y puertas de vidrio para separar el baño del cuarto con la cama. Venía de hablar con mi hermano en un restaurante del hotel, quien compungido me contaba que él también se había peleado con nuestro hermano. Y yo le decía: Pus sí, es que ahorita anda peleado con todos. Y hoy que me desperté pensé que si mi hermano es él, con quién se había peleado en realidad o de quién hablaba yo. O con quién hablé en mi sueño.

Y al despertar por los ruidos de la madrugada me puse a leer sin saber a dónde se había ido Santiago y en eso llegó Parvana y empezó a vigilar el calendario y ahí estaba hasta que la quité de ahí con un zapecito amigable, y me paré y moví tantito el calendario para dejar la pared al descubierto y ahí salió la cucarachota, que medía la mitad de mi dedo gordo, que ustedes no conocen pero da mejor una idea de su tamaño (todos tenemos dedos más o menos similares). Y con un Kleenex la traté de matar a la cucaracha, pero se me fue y se escondió por detrás de la cama y grité cuando me caminó por un momento por la mano y ya no supe luego dónde quedó pero ya no me pude volver a acostar. No quise. Estoy francamente hasta la madre de esta casa y sus cucarachas. Sin poder dormir desde hace meses. Así que no me acosté ni dormí.

En vez de eso me vine encabronada al baño a escribir, que es el único cuarto donde me puedo encerrar sin que nadie me moleste. Y aprovechando que estoy aquí, me voy a bañar y empezar el día en lo que Santiago se va a su estudio a trabajar. Empezar todos los días el día. Harta a morir de esas malditas cucarachas. Cukis, como les dice mi vecina Bety, que ayer nos dijo que para qué fumigamos todo el edificio, que ella con un líquido eliminó a todas de su casa. No se imagina que desterrada, la entera colonia vino a parar a esta, la casa de ustedes.

Suenan por el cubo de luz a destiempo dos despertadores. Uno es una música dulce que hace más de diez minutos el durmiente no apaga. El otro es igual al que tenía Santiago antes de que le pidiera no ponerlo porque nunca lo despertaba y acababa yo despierta a horas que no eran mías. Ya son las siete y media de la mañana.

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miope e hipermétrope al mismo tiempo pero en ojos distintos

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Abril Castillo

Abril Castillo

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