(13/52) I’m still little Alice

Abril Castillo
6 min readApr 4, 2021

Hace un par de horas terminé de leer Esto no es una canción de amor de mi tocaya Abril Posas. Lo había estado leyendo durante tres días y madrugadas. Interrumpiendo a ratos para ver películas o acariciar a mis gatos o ir al doctor de la espalda o leer otros libros, porque últimamente leo muchos libros a la vez y acabo pocos.

Leía el libro de Abril a media luz y recuerdo en la mañana haberle dicho al ticher que por qué no tenía la letra más grande. Y él corrió a ver el diseño editorial y me dijo que estaba bien diagramado que más bien yo no manchara, que lo leyera con la luz prendida y la cortina abierta.

Y ahí me di cuenta de lo difícil que es leer ese libro de día y con gente despierta. Porque aunque es un libro con una prosa vertiginosa, de los que uno diría que “se lee rápido”, y que el sentido del humor de mi tocaya no tiene igual, a la vez es un libro tan triste que necesitaba esas bocanadas que te da el cigarro para ir asimilando todo, para que el mundo regresara a su ritmo natural, o a un ritmo más soportable, y luego seguir.

Nunca, hasta que se lo leí a Abril, había pensado o había visto con tanta claridad la relación de la calma en el acto de fumar, lo ligado que está a la respiración. Cuando fumamos respiramos distinto, inhalamos más lento y profundo, hacemos una pausa, dejamos ir. Solo que, claro, a cada fumada nos envenenamos un poco.

Desde antier que empecé a leerlo a ratos me pongo a fumar sin cigarro y sí siento más sosiego.

Empecé Esto no es una canción de amor hace varios meses, semanas antes de que saliera el libro en físico, en un pdf que me mandaron porque presentábamos este libro y el de Principio de incertidumbre de Cecilia Magaña. Yo llevaba meses sin poder terminar ningún libro y menos aún leer uno de corrido, pero el hechizo se rompió con el de Ceci, que me leí de una sentada un domingo de cabo a rabo. La última vez que había experimentado una inmersión ficticia así fue en la universidad, cuando por carga de tareas no quedaba de otra que leer de un tirón los libros. Y terminé por agarrarle el gusto, tan parecida la sensación a salir de noche del cine luego de ver una película que te hizo sentir ahí, como un personaje más.

(Si esto fuera una reseña no debería divagar tanto y hablar más del libro que aquí nos trae. Pero es que su lectura me atravesó desde tan distintos flancos que no puedo hacer solo una reseña o spoiler alert. Quiero entender todo lo que esta alrededor de esa lectura y más allá.)

Así que a finales del año pasado, un par de días antes de la presentación conjunta de los libros de Abril y Ceci, empecé a leer el de Abril. El libro empieza en un capítulo cero que es como el preámbulo de una película. No era de extrañar porque el título mismo hace alusión a esas parodias de romcom. Eso no lo pensé hasta antier que me volví a atraver a leerlo. Lo qué pasó fue que al terminar ese capítulo cero algo me quemó tan hondo que casi me hizo aventar el libro y llorar y llorar y llorar.

Esta segunda vez llegué con menos inocencia al libro y luego de haber convivido y conocer un poco más a Abril. Luego de la presentación de su libro que no había leído (aunque en mi defensa dire que yo era la invitada para leer el libro de Ceci, aún así lo debí haber leído en y desde ese entonces). Luego de la presentación nos quedamos por zoom platicando. Ceci hablaba de cómo Abril es experta en darte tu canción, como quien te hace tu carta astral.

No nos conocemos casi nada, le dije, pero ¿me darías una canción?

Esto no es una canción de amor empieza en un viaje en carretera de una madre y su hija, con un soundtrack perfecto grabado en cassettes de discos de vinilo y canciones pedidas en el radio. Su madre le cuenta a Romina cómo estuvo a punto de morir, desahuciada por un médico, antes de que Romina naciera. Vamos felices en carretera escuchando a Rocío Durcal, echando unas manzanas abajo del asiento y preparando papas con limón y Valentina, cuando la narradora vuelve claro que esta historia se narra desde el futuro y que la madre y su enfermedad no tuvieron la misma suerte del milagro de la vida luego de ese viaje.

Ahí de golpe entra el título, la portadilla. Y como lectores entramos en una historia que en realidad no había empezado, pero nos pone en el mood adecuado. Esta es una historia de duelo. Esta no es una protagonista niña. No volveremos a ver a la madre cantar.

Me fui aproximando al libro de Abril mientras seguía sus recomendaciones de películas en Facebook. Llevaba años siguiéndola en twitter sin saber que éramos tocayas y por el solo hecho de que me parecía muy genio que alguien se llamara @ladyprovolone. En twitter siempre me hacía reír y fue tiempo después que ligué que era Abril Posas. Ahora en Facebook me encanta cada que postea las películas o series que ha visto y por qué, haciendo un hermoso despliegue de por qué los spoilers son lo de menos y quizá lo que más necesitamos para convencernos de si queremos o no invertir dos, cinco, catorce horas de nuestras vidas en ver algo. Y sin duda se ganó mi corazón cuando recomendó Wandavision y sobre todo, se enfocó en un aspecto clave de esa serie que me hizo sentir más cercana: las micro emociones o su germen universal que nos unen a todos los humanos.

El tema de la muerte es una de mis más grandes obsesiones desde que nací y ni sé bien por qué. Es casi tan vieja como mi obsesión por los duelos que quizá son la misma obsesión o solo dos caras de la misma moneda. Una es la destruccion, otra es lo que se repara luego de lo inevitable.

En Esto no es una canción de amor Romina cuenta la creación de su grupo de covers, Los Incómodos, de cómo los lunes en realidad en su vida son los domingos en que va a comer con una familia de la que no se siente tan parte, mientras pasa la semana escribiendo copys para espectaculares porque vacíos no se venden tan rápido los espacios como si dicen cualquier cosa. Y es esa página en blanco, Romina manda mensajes cifrados o juega, simplemente juega a narrar en un formato nada convencional, fugaz y a la vez absoluto, como es un timeline de twitter o las últimas palabras de alguien.

A intervalos, mientras leí este libro en los días libres por la Semana Santa, veía películas.

Una se llama La vida de Peel y sale Emile Hirsch: un niño de cinco sobreprotegido por su madre es abandonado por su padre y sus dos hermanos y no sabe nada del mundo cuando su madre muere treinta años después.

La otra es Still Alice y ya la había visto antes, pero algo en la estela del tema me hizo quererla ver otra vez. En ella Juliane Moore es diagnosticada con Alzheimer temprano, a las pocas semanas de cumplir 50 años de edad.

En 2009 con el corazón roto y la concentración por los suelos, mi amigo Jorge me preguntaba que cuándo iba a volver a mi tamaño original. Llegué un día al trabajo y Jorge me había dejado unas galletas y una lechita, con los letreros de: Eat me! Drink me! pegados a ellas. Regresa ya Little Alice, me decía. Y entonces cuando saque mi cuenta de twitter así me puse: @imlittlealice.

La Alice de la película no logra regresar a su tamaño original, todo lo contrario; era maestra de lingüística y ve frente a sus ojos desvanecerse todo lo que fue, su vida, identidad y memoria. Su esposo e hijos la van dejando conforme el deterioro avanza y la última que se queda a cuidarla es su hija, la oveja negra, Kirsten Stewart, quien en la última escena le narra una historia y cuando le pregunta a su madre de qué trata, ella aún logra articular la palabra: amor.

A la semana de ese encuentro-presentación en su semanal Juego de Pomos, Abril me mandó esta canción que, me dijo, es la mía. Ahora la vuelvo a oír y siento los Tokyo skies de quien recibió la bendición de una desconocida que un día lo deja de ser y se vuelve tu amiga. Aunque eso solo pase en mi imaginación.

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Abril Castillo

miope e hipermétrope al mismo tiempo pero en ojos distintos