(14/52) El tiempo del Señor

Abril Castillo
3 min readApr 11, 2020

Hace poco vi un meme donde el diablo le decía a la gente que a él no lo vieran: que las pestes y diluvios eran de Dios, que él se encargaba de las orgías et al.

Hace dos semanas un amigo me escribió para pedirme que me encargara de las redes de su casa cultural por una semana. Y que si podía dar un mini taller en sus stories.

Hace unos días una artista me propuso hacer una colaboración para una convocatoria del gobierno.

Hace unas horas uno de mis mejores amigos me pidió encargarme de sus redes sociales durante una semana para contar cómo paso los días en cuarentena.

A los tres tuve que decirles que no.

Mis días en cuarentena empezaron hace escasa una semana. Bueno, dos.

La última semana pre-cuarentena me quitaron la tiroides y pasé los siguientes diez días tumbada en mi cama, con suficiente energía para actuar como un bebé: comer, ir al baño y sobre todo, dormir.

Luego volví a trabajar. Mi trabajo desde el año pasado lo hago en casa. Entro a las 8 de la mañana y salgo entre 6, 7 u 8 de la noche, dependiendo del día. El día que volví al trabajo, cambió el horario de verano en España, así que entramos a las 7 am de México.

Me siento afortunada de tener un trabajo que cambió tan poco mi dinámica diaria. Luego de la convalecencia me era difícil igual querer salir o pensar en un futuro próximo. Con el paso de los días, la cuarentena empieza a sentirse más. La convalecencia me dejó un deseo de comer ahora sí a mis horas. Los tres meses de enfermedad me dejaron con un deseo de meditar todos los días al despertar. La cuarentena me trajo el deseo de hacer ejercicio y Ale Moffat me trajo el tip de saltar la cuerda y comprarla en Amazon. Ayer llegó el paquete.

Esta mañana salté por primera vez desde que era niña. Es un estereotipo decir que una no olvida cómo andar en bici, pero pasa lo mismo con saltar la cuerda.

El tiempo que me sobra entre meditar, bañarme, desayunar, trabajar, comer, trabajar, cenar, tener un par de horas de esparcimiento y dormir, lo uso como saldo a favor.

Mis propias redes sociales están bastante olvidadas. Pero disfruto ver la vida de los otros; solo no me siento capacitada hoy mismo para generar contenido.

Mi vida quedó un poco en pausa desde el 29 de enero y todavía no me pongo al día.

¿Qué tantas explicaciones tiene que dar una para decir que no? Yo doy todas las que puedo y de todos modos termino sintiéndome culpable. Pero por lo menos ya digo que no cuando no puedo. ¿Se enojarán los otros? Yo creo que no. Espero que no. ¿Qué hace una?

Una y todos no hacemos estos días más que esperar a que terminen los tiempos del Señor, días de plagas y diluvios, con la esperanza de que vuelvan las orgías.

Abril terminará antes de lo que pensamos, estoy segura. Luego vendrán mayo y junio. Julio y agosto. Y el vértigo del día a día, donde decir que no no existe, volverá con la misma naturalidad que la hora pico en el metro, que salir a comprar pan recién hecho, que cenar pasta con la rata después de hablar de todo y nada en nuestro Canal de Panamá. Que ir algún domingo a comer y abrazar a mi tita. Y ver a mis primos, todos juntos. Y cruzar la Alameda mientras hablo por teléfono, viendo grupos de jóvenes patinar, improvisar canciones y niños mojarse en fuentes, antes de comprar un helado de pistache y llegar al lugar más feliz del mundo.

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Abril Castillo

miope e hipermétrope al mismo tiempo pero en ojos distintos