(15/52) Ferrara y un abrigo naranja

Abril Castillo
5 min readApr 27, 2021

Ferrara es una ciudad italiana a la que se llega rápido en tren viniendo de Bolonia, ubicada en la región Emilia-Romaña.

Por sus calles se ven muchos jóvenes, vestidos elegantes cuando se acaban de titular. Es una ciudad universitaria. Tiene una arquitectura medieval y renacentista: un castillo y un Palazzo dei Diamanti.

Mi amiga Eloísa estudió y vivió ahí un tiempo. Yo no la conocía entonces pero también fui una vez a Ferrara. Recuerdo a los jóvenes en las calles porque, aunque yo solo iba a un lugar muy específico, no lo encontré a la primera. No iba sola, sino con Sonia. Una amiga que conocí en Colombia, de donde ella es, y que vino a vivir a México, de donde yo soy. Aunque nos conocíamos poco, hablamos y decidimos hacer ese viaje juntas por Italia. Fuimos a Milán y a Roma y un intermedio en Bolonia, que en el fondo era todo el punto de viaje: ir a esa enorme feria del libro infantil para volverme ilustradora de verdad.

Durante la feria, una editora belga radicada en México, nos recomendó ir a una cantina de vinos en Ferrara. Está a cuarenta minutos en tren, pueden ir y venir en un solo día, y nos explicó un poco más de cómo encontrar ese lugar. Tenía dudas de si valía la pena invertir un día de viaje yendo allá, me daba miedo no alcanzar el regreso. Pero Sonia era más atrevida y me dijo: Vamos. Y fuimos.

A la llegada nos recibió un estacionamiento repleto de bicicletas. Era la ciudad ciclista, nos dimos cuenta caminando por sus calles; íbamos con un presupuesto ajustado y yo solo quería invertir en el vino y esa cena. Aunque era primavera hacía mucho frío; Sonia y yo íbamos vestidas de abrigo y varias capas. Sonia de naranja, fácil de reconocer cuando se me perdía entre la multitudes. Yo de negro porque era el único abrigo que tenía que en realidad era de mi mamá.

Llegamos de tarde a Ferrara y decidimos caminar hacia donde creímos que estaría la cantina. Encontramos la plaza pero no el lugar que la editora nos había recomendado.

Es un lugar hermoso y te sirven con cada copa una tapa o plato para picar, nos había contado. Ahí me llevó mi esposo antes de que fuéramos algo, solo amigos, y ahí me propuso que me casara con él y que viviéramos en México.

Yo era tímida y me sentí frustrada de no encontrar el lugar con las solas indicaciones de la editora. Pero Sonia era aguerrida y preguntó a todo el que podía sobre la cantina de vinos: jóvenes, viejos, niños pasando por la calle. Nos metíamos en locales de comida y en recepciones de hoteles y Sonia preguntaba más. Ahí fue que vimos desfilar estudiantes en plena graduación, al parecer ese fin de semana era el término de las clases. Años después, cuando conocí a Eloísa me imaginé que a lo mejor en ese viaje, las dos extraña una de la otra, nos habíamos cruzado. Yo con mi abrigo negro y frío en los pies. Ella vestida de fiesta y ebria de felicidad y vino recién descorchado, abrazada de sus amigos italianos.

Eso veíamos a donde volteáramos Sonia y yo. Puros jóvenes. Todos caminando abrazados como niños en primaria, con batas o ropa elegante, bebiendo vino espumoso, en grupos y felices.

“Los jóvenes van en grupo, los adultos en pareja y los viejos van solos”, me acordé de esa frase que venía en cada edición de las agendas que hacía mi papá para su despacho de arquitectura.

Veía a esos muchachos y aunque estaba segura de que teníamos la misma edad, me sentía más vieja. A punto de viajar sola, sin Sonia, porque el dinero apenas me alcanzaba y Sonia no traía casi y no podía yo pagar a las dos. ¿Será que es la carga del trabajo, la constante preocupación del dinero, lo que nos hace envejecer? Al final llegamos a un acuerdo Sonia y yo. Pagaríamos todo mitad y mitad, o cada quien lo suyo. Y seguimos viajando juntas.

Al fin dimos con la cantina. Una señora de un hostal nos la indicó con el dedo: Es ese local de ahí enfrente.

Me animé, las dos nos pusimos felices. Sonia queriendo complacerme, sabía que mi gancho para ir era el vino. Ella ya de por sí feliz y complacida, quería caminar por lugares donde nunca hubiera caminado antes. Las dos queriendo estar acompañadas, viejas ambas nos sentíamos en ese viaje, cada una cargaba cierta tristeza por razones familiares o amorosas; dos ancianas viajando juntas por Italia a los 27 años.

Pero al llegar vimos el local cerrado y que solo abrían hasta las cinco de la tarde. Eran las dos y media. ¿Qué hacemos, comemos en otro lugar y nos vamos?, me dijo Sonia. Claro que no, quise gritar frustrada, asustada también de que si nos quedábamos hasta tan tarde, tal vez perderíamos el último tren de regreso. Vamos a caminar mientras y volvemos, acordamos al fin.

En esa caminata confirmamos que Ferrara es la ciudad de las bicis. Casi todos los locales vendían o arreglaban bicicletas. En uno me compré una lámpara doble (de luz roja y blanca) que podías ponerle al manubrio una y a la silla otra, con un elástico, y guardar como llavero. Caminamos y sacamos fotos y hablamos mucho. El tiempo con Sonia siempre corría rico por esas platicas infinitas.

Dieron las cinco.

Llegamos al lugar las primeras. Bebimos vino, una, dos, tres copas. Saqué mi libreta de sobremesas y nos dibujé como copas de vino en ese lugar hecho de madera, estrecho y cálido. Comimos un pan con queso y mermelada, carnes frías, frutas y guisos que nos iban sirviendo con cada trago que pedíamos. Imaginé a la editora contenta con su esposo antes de ser esposos, él proponiéndole un cambio de vida, un amor eterno. Ella llorando y diciendo que sí. ¿En donde se habrán sentado, Sonia?, los imaginábamos y nos reíamos cómplices de una historia que no era la nuestra.

A las nueve nos asustamos al ver la hora y pedimos la cuenta. Pasamos al baño antes de irnos. El baño era un hoyo en el piso, rodeado de cerámica. Nunca había ido a un baño así, aunque sabía que en China eran así los baños.

Solo unos meses antes había estado a punto de irme a vivir a China para estudiar el idioma luego de dos años de tomar clases diarias en el CELE. Entre los golpes culturales más fuertes de vivir ahí, nos dijo la maestra, está acostumbrarte a ir al baño en cuclillas porque no hay escusados sino hoyos en el piso. Ahí tenía mi China en Ferrara. Como pude y muerta de risa oriné en el hoyo de cerámica y salí y le detuve a Sonia su abrigo naranja mientras era su turno de orinar.

Corrimos hacia la estación, felices y borrachas, y alcanzamos el último tren de regreso a casa, que esa noche era un hotel de Bolonia. El último día de feria.

A la tarde siguiente nos fuimos a Roma.

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Abril Castillo

miope e hipermétrope al mismo tiempo pero en ojos distintos