(16/52) Sobremesa o Mientras se enfría mi celular

Abril Castillo
3 min readJun 11, 2019

Durante años dibujé sobremesas que a veces eran antemesas y otras tantas, momentos en que me encontraba frente a una mesa pero sin necesariamente estar comiendo, sólo con ganas de dibujar.

Me recuerdo con ganas de dibujar y me desconozco.

Me gusta estar dibujando.

Odio empezar a dibujar. Es una brecha que aún no sé bien del todo cómo romper.

Luego de seis intentos fallidos, ayer logré entregar una portada.

De luxor, me dijo mi editor.

Sí, a mí también me gustó cómo quedó. E. es quizá el único editor con toda la paciencia del mundo.

Dos o tres veces estuve a punto de renunciar (o quizá de hecho renuncié) porque no lo lograba. A pesar de que todo era por mensaje, él mantenía la calma, me daba nuevos bríos.

Hazle por aquí o por allá. Prueba esto. ¿Estás muy en llamas? ¿Cómo va la inspiración?

Soy una dibujante que necesita atención especial.

Debería aprender a controlar lo que hago. Mis reacciones. O dejar de dibujar.

Recibo un pedido y me digo que para hacerlo debo pensar que estoy dibujando en una libreta de viajes. A nadie le importa el resultado.

Me digo que debo empezar por dibujar chiquito, así como le sugiero a mis alumnos.

Me digo que debo prender la luz.

Poner algo de música que me guste.

Simplemente manchar el papel.

Empezar.

Procrastino y pasa el tiempo.

Dedicarse a dibujar no es algo de contentillo. No debería importar la inspiración, pero me cuesta tanto llegar a los resultados esperados. Por el cliente y por mí.

Llegar a la inspiración en cuestión de segundos, llegar todos los días, tiene que ver con generar un método o varias metodologías para acceder a ese punto donde ya estoy dibujando y vencer el momento de empezar a dibujar, porque ¿somos profesionales o payasos?

Me siento diario y trato de dibujar un pianista. Le pregunto a E. si está bien ése, éste o aquél. Ninguno. Yo lo sé también.

Con C. hablábamos de cómo uno mismo sabe cuando nuestro propio texto no nos gusta aún. Para convencer a un editor debo primero convencerme a mí misma.

Pero por otro lado a veces lo sufro tanto que quiero que me libere ese editor, que me libere de ese sufrimiento y que acepte lo que puedo ofrecer, lo que creo que tengo para ofrecer.

E. no lo acepta y gracias a eso llegan más adelante otras cosas.

Un cielo lleno de aves volando que no habrían aparecido de no haber pasado juntos por miles de imágenes de huracanes y radiografías del clima.

Un pianista que se funde en el agua de su propia melodía que no habría encontrado si no hubiera pintado tres hasta dibujar a éste en chiquito. Y luego agrandarlo. Hay que empezar desde abajo.

Escribo esto mientras se enfría mi café. Ésa era la verdadera tradición al dibujar sobremesas. Esperar a que se enfríe mi café.

Ahora, casi todas las mañanas, como cereal y veo una serie de menos de media hora. Se enfría el café y empiezo a dibujar.

Ayer leí un libro en papel por primera vez después de meses. No sé cuántos meses. Si serían casi un año. No puede ser tanto, pero así se siente. Quiero desconectarme de todos los dispositivos. Que hacer sobremesa o antemesa, que esperar a que se enfríe mi café (iba a escribir sin querer que se enfríe mi celular) sea frente a un libro mientras escribo.

(Sólo que también me había servido cereal y para cuando termine este flujo se habrá vuelto ya una pasta de azúcar y almendras y harina y leche. No importa.)

Quiero despertar en las mañanas y leer un rato o mucho rato, que haya días en que no prenda la computadora y leer todo el día.

Despertar y leer. Pero no mensajes de whatsapp ni tuits ni mails.

Ayer leí Los afectos de Rodrigo Hasbún. Hoy por la mañana los primeros capítulos de Agua de Lourdes de Karen Villeda. La voz de Karen en su libro me dio ganas de escribir. Para que las voces sigan dictándonos, para que la inspiración llegue, también hay que guardar silencio y escuchar. Leer es eso.

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Abril Castillo

miope e hipermétrope al mismo tiempo pero en ojos distintos