(17/52) El agua nos pertenece

Abril Castillo
3 min readJun 17, 2019

Hoy fui a nadar después de mucho tiempo de no hacerlo. No sé cuándo fue la última vez que entré en esa alberca. En ese gimnasio donde muchas veces más bien iba a correr, según yo a correr y luego a nadar, pero a veces ya no nadaba. Cuando sí hacía ambas cosas, aunque lo disfrutaba en el momento, después terminaba doliéndome la cabeza horriblemente. O me sentía tan agotada el resto del día que difícilmente podía trabajar bien.

Hoy sólo fui a nadar y tampoco me exigí nadar demasiado.

Hoy, por primera vez en unos dos o tres meses, no desayuné con mi papá aunque fuera lunes. Fui a terapia y de ahí me fui a nadar. Sólo que no fui a nadar luego luego. Me estacioné y me quedé mirando mi celular un rato, aun si poder reponerme de la sesión de hoy a la que casi falto. Por falta de sueño, por resistencia o porque a veces uno falta a las citas sin más. Durante toda la sesión, no pude dejar de llorar.

Estoy a punto de salir al cine a ver una película que se llama La viuda. Escribo eso y me da miedo que Santiago se muera. Pero la verdad es que últimamente me da miedo que todos se mueran. Me siento muerta yo muchos días. Pero el único muerto sigue siendo mi tío Héctor. Y mañana, el mismo día que yo cumplo treinta y cinco años, él cumple tres meses de haberse muerto.

Conecto mi celular en lo que me preparo para salir. Cuarenta y siete por ciento. Modo avión. Bajo la luminosidad. Abro un libro que lleva dos noches en mi buró pero aún no empiezo: Tema libre de Alejandro Zambra. Dedicado a Jazmina y Silvestre. Arranca con un texto sobre cuadernos y apuntes y máquinas de escribir. Lo escribió el dieciocho de marzo de dos mil trece. Lo leyó ese día. Ese día dio una conferencia donde fuera su universidad. Dieciocho de marzo. Día de la expropiación petrolera, en mil novecientos treinta y ocho. Día en que Zambra leyó esa conferencia, en dos mil trece. Día en que se murió mi tío, en dos mil diecinueve.

Levántate y ve a terapia, me dije hoy en la mañana. Y con Parvana entre mis brazos pensé: No puedo, estoy muerta. Así como en Roma juega Cleo con uno de los niños en la azotea. No poder hacer nada por estar muerto. Pero luego le pedimos tanto a los muertos… No estás muerta, me dijo mi psicoanalista. Y toca dejar de pedirle cosas a los muertos. Toca despedirse.

Nadé medio kilómetro en veinte minutos. Pasé otros quince mirando para arriba, sintiendo el agua, siendo nada.

El tiempo es mío mientras siga viva. Puedo perderlo en una alberca o en un sauna o adentro de un coche a medio día aunque ya no aguante el calor.

Nadé y vi flotar un punto negro. Me dio más risa que asco. Cuánta mierda no nos tragamos todo el tiempo, mierda simbólica y física, todo el tiempo en el aire, en nuestras relaciones, en el agua. Me dio asco, pero me reí, porque no queda de otra más que reírse. Nadé lejos del punto negro. Nadé hasta terminar las diez vueltas. Me estiré boca arriba agarrada de la orilla con los oídos tapados por el oleaje de los otros nadadores, escuché el silencio bajo la alberca, la voz del agua diciéndome que también ella, igual que el tiempo, igual que la vida, me pertenece.

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Abril Castillo

miope e hipermétrope al mismo tiempo pero en ojos distintos