(17/52) Usted tiene un mensaje nuevo

(imagen de Santiago Solís para Los Sobrevivientes)

Ten, me dijo Santiago, mientras me ayudaba a acomodar libros y papeles y materiales en el caos de mi casa ahora que, después de un año dos años tres años cinco seis siete ocho años, me puse a arreglar.

Mandé a hacer dos libreros nuevos con Alejandro, quien además me ayudó a empotrar el más grande que ya tenía a la pared.

Esta historia empieza el diecinueve de septiembre de dos mil diecisiete. Iba camino a mi estudio, cuando recibí un mensaje del chat Las Mugrosas, espacio de comunicación entre mi familia materna. Se llama así porque originalmente era un chat entre mi tío Pepe y mis dos sobrinas. Mis dos primas. Siempre pienso que son sobrinas porque les llevo muchos años. Era un chat entre mi tío Pepe y mis dos primas, pero luego nos fue sumando a todos a la conversación. El mensaje decía: No se asusten a las doce que suene la alerta sísmica, es un simulacro. Y yo contestaba irónicamente algo como: A mí los temblores no me dan miedo. A mí alertas me la pelan. Yo no creo en los terremotos aunque nací en el ochenta y cuatro. O algo menos grosero pero igual de valemadrista.

Llegué a mi estudio alrededor de las nueve de la mañana. Había dejado de ir por meses a trabajar ahí por estar escribiendo en mi casa todos los días durante el año del Fonca. El Año del Fonca. El Año Fonca. Cuando terminé de escribir y mandé mi último informe, decidí volver y rehacer mi rutina diaria ahí. Al final ahí tenía mi computadora de escritorio y estaba pagando una renta y era un lugar que en realidad me resultaba muy cómodo y donde me concentraba muy bien. Sólo era cuestión de retomar.

Cosas que me gustan del estudio: salir de mi casa y volver de noche, el silencio de la calle a diferencia de en mi casa, no estarme levantando todo el tiempo a prepararme de comer o de beber, no estar jugando todo el día con los gatitos, no distraerme con tareas del hogar, hacer mi propio espacio-escritorio-cuarto sólo para trabajar, que vayan otras amigas a trabajar ahí y convivir con gente.

Cosas que no me gustan del estudio: salir de mi casa y volver de noche, no poder prepararme algo rico de comer porque no sirve el gas, los candelabros gigantes que hay en cada cuarto y aunque me recuerdan a mi abuela me parecen horribles, extrañar a los gatitos, no poder descansar de una tarea laboral haciendo alguna del hogar, distraerme por horas platicando con otras amigas que trabajan ahí que sobre todo es mi culpa porque hablo muchísimo.

Pasó el simulacro. Y aunque unas noches antes había temblado y me había asustado mucho, los temblores seguían sin darme miedo.

La noche del siete de septiembre estaba terminando mi reporte Fonca, el último al fin, luego de no salir de casa por semanas, o así lo recuerdo, y alrededor de las once me había servido un mezcal y estaba terminando de llenar el formato de entrega. Si ese proceso hubiera sido una montaña rusa, era como estar volviendo lentamente a los andenes luego de pasar por todas las subidas y bajadas y regresar con el estómago en la garganta, pero regresar al fin, a tierra firme.

Mientras tranquila y en paz rellenaba el formato, sonó la alerta y como pude agarré a mis dos gatos y los zambutí en la transportadora. La alarma suena alrededor de un minuto antes de que empiece a temblar. Volteé a buscar mis zapatos pero no los encontré. Y salí descalza con los gatitos, mi celular y mis llaves justo para que empezara a temblar en la banqueta. Caminamos Andrea, Paco y yo, con nuestro respectivo par de mascotas hacia el parque y ahí nos quedamos un ratito. Andrea es mi amiga del futbol desde hace más de diez años y hace dos se mudó a mi edificio. Ahora también somos vecinas. Estuvimos esa noche en el parque cinco o diez minutos máximo. Y volvimos a subir. Y cuando me di cuenta de que no me iba a poder dormir ahora y de que tenía una náusea asquerosa, me tomé un tranquilizante y desperté hasta el día siguiente.

La entrega del informe se pospuso una semana. Y también el último encuentro de becarios.

Nunca pensé que me fueran a dar esa beca ni que terminaría escribiendo esa novela sobre mi familia materna. La novela que ahora se llama Veneno pudo haber empezado siendo algo como Las Mugrosas también. Cuando Las Mugrosas éramos mi ermano y yo. Los Mugrosos. Pero al principio en realidad se llamaba La espera.

¿Qué tendría que haber pasado diferente para que eso narrado no fuera lo que es ahora? Todo lo que viví ese año se coló sin querer ahí. Como una espiral que me impedía llegar al centro de la historia. A la historia que originalmente quería contar: una espera de alguien que no llega nunca, que ya nunca volverá. Y que terminó arrastrando a esa espera a todos, generación tras generación. Ya no sabemos qué esperamos. Ya no esperamos nada.

Por eso fue tan inesperado ese temblor a la una de la tarde, el diecinueve de septiembre, exactamente veintidós años después del terremoto del ochenta y cinco. Las coincidencias son fruto de pensamientos mágicos de los que pasamos años tratando de deshacernos. Las coincidencias nos recuerdan que la magia sí existe. O por lo menos nos hacen dudar otra vez de su inexistencia.

El temblor llegó antes que la alarma. Por suerte el estudio está en un primer piso y en cuanto sentí el movimiento del suelo y escuché los candelabros tintineando, salí corriendo a la calle. Cuando estaba en la puerta del edificio sonó la segunda alarma. Rous y Hernán, amigos habitantes del estudio, estaban ahí y los empujé hacia la calle.

Nadie entendía bien todavía qué pasaba y nos tratamos de alejar de los cables y los postes, pero la otra opción eran los árboles del camellón de Zempoala. Tampoco llegamos ahí. Nos quedamos a media calle tratando de llegar por el arroyo vial a Xola, pero el movimiento era tan fuerte que no podíamos caminar. Así que nos agarramos de un taxi estacionado que se balanceaba como lancha, como lanza, y cerré los ojos y lloré y pensé que mi edificio seguro ya se había caído y pensé que de algún modo algo que se cayera también nos iba a matar y nos abrazamos y esperamos y esperamos y esperamos a que pasara a que todo se detuviera a que pudiéramos sostenernos en pie solos otra vez y dejar de ser un cuerpo de tres personas que igual se están cayendo a pesar de sus seis pies y un abrazo profundo.

Y cuando todo se detuvo les pregunté si estaban bien y me disculpé y me eché a correr a mi casa y no vi a nadie y corrí como si estuviera movida por una bici o coche o ruedas o algo que no eran mis piernas. Y entré a mi casa y había dos libreros caídos. Los más grandes. Los últimamente más ordenados. El librero de novedades y el librero de libros álbum. Todos esos libros, algunos que ni presto por especiales, hechos remolino y papel y aplastados unos contra otros en una pila informe de texturas y colores.

No pensé en nada de eso sino hasta después. Cuando entré y vi el derrumbe tuve la certeza de que mis gatos estaban ahí abajo. Recordé a Aparicio maullando raro en la mañana. ¿Habrá maullado raro esa mañana o lo imaginé? ¿Habrá maullado raro o era yo que no quería desprenderme de ellos por volver al estudio y separarme todo el día de mis gatos y mi casa y mi vida anterior durante ese año de veneno? ¿Habían maullado raro o era una manera de explicar el pasado en el presente, como si algo se pudiera haber previsto, evitado?

Empecé a tratar de quitar todo. Levanté el librero vacío y removí los libros. Luego pensé que la otra manera de asegurarme de que no estuvieran ahí aplastados, era hacer lo contrario. Y recorrí la casa.

A la primera que encontré fue a Parvana, adentro de un cajón de ropa en mi cuarto. La abracé y corrí por la transportadora, donde la metí. Aparicio no estaba en ningún cajón. Pero pronto lo vi abajo de la cama. Aún era tan chiquito hace un año. Hace unos meses. Hoy ni de chiste cabe ahí.

En eso alguien entró por la puerta. ¿Santiago? No. Era Sofi porque era martes. Sofi había ido ese día a mi casa a limpiar. Salí corriendo y la abracé. Sofi me cuidó desde que yo tenía como cinco años. Cuatro años. Vi a Sofi y caí en blandito.

Sofi me ayudó a sacar a Aparicio. Me dijo: Con cuidado, no le vayas a romper un bracito. No quería romperle un brazo. Quería salir de ahí con mis gatos, con Sofi. ¿Se podría aún caer el edificio? Cuando tampoco Sofi pudo sacar a Aparicio, me calmé y en un movimiento que recuerda a esos rompecabezas de metal que venden en el puerto de Veracruz de niña en esos viajes de fin de año, le di un giro suave a Aparicio y lo saqué. Ya fuera de la cama, se me quería zafar, pero pude contenerlo y que entrara con Parvana a la transportadora.

Ya en la calle me di cuenta de que estaba a punto de vomitar y lloré y Dolores, la señora de Las Flautas, se me acercó y me dijo: Cómete este pan. Y pensé que era broma eso del pan. Una broma que hemos escuchado tantas veces que no puede ser otra cosa sino una broma. Un chiste decir: Un pan para el susto. Pero lo del pan no es broma. Ni definitivamente los temblores en la Ciudad de México.

Ese día lo pasamos entero en el parque Andrea, Paco, Santiago y yo. Con las mascotas. Con Xivo, uno de los perros de Andrea, perdido. Porque, igual que Aparicio, se asustó. Pero éste se fue corriendo y no lo encontramos hasta la noche. Pero lo encontramos. Y luego pasé fuera de mi casa dos semanas.

Y luego fui lentamente volviendo a todo.

Menos al estudio. Nunca volví a trabajar en el estudio. A los pocos meses vendí mi computadora. Seguí trabajando en mi casa. Ahora uso el estudio sólo para dar y tomar y organizar talleres. Tal vez debería volver a trabajar ahí.

Hace un par de meses Alejandro me diseñó dos nuevos libreros para ordenar el caos. Vino a mi casa a hacer un diagnóstico y me dijo: Empieza por ordenar los libros y después de eso verás que todo va cayendo casi solo en su lugar.

Hace un mes estuvieron listos y pasamos todo un día instalándolos. Él los instaló en realidad y yo sólo lo ayudaba. Llevo ese mes ordenando mis libros. Hace dos semanas vino Santiago, con quien terminé luego de siete años juntos al principio del Año Fonca. Y estuvo toda la tarde ayudándome.

Hizo pilas de libros que regalar, de libros álbum, de material de dibujo, de cosas que llevarme al estudio, de tarjetas y prints. Y me pasó una serigrafía que él había hecho con unos amigos suyos, varios años atrás. Los Sobrevivientes se hacían llamar. Habían hecho una serie sobre el amor para el catorce de febrero. El día que él y yo terminamos un año antes.

Ten, ésta es tuya, me dijo. Y me la dio. Ya sabía que era mía, si la tenía puesta ahí sobre el librero. Gracias, le dije. ¿No la vas a abrir? Había estado a punto de tomar esa tarjeta y guardarla en una caja junto con otras muchas postales y prints. Pero entonces la abrí.

Al principio de nuestra relación, una vez Santiago me citó en el California que estaba en Etiopía y pensé que me iba a cortar. Desde entonces ésa era una broma que teníamos.

La tarjeta también decía que me amaba y luego tenía un addendum de 2017 donde se leía con otra letra distinta pero también la suya: Todavía.

Me acordé de una vez que fui a casa de mi abuela en Mazatlán y mientras hurgaba en sus libreros me encontré una zona de tesis de licenciatura de sus hijos. Tomé la de Pepe y la abrí. Estaba dedicada a su mamá. A mi abuela. Me enterneció mucho y se la pasé. Mi abuela se puso a llorar. Un llanto que yo interpreté como conmoción. Pero cuando se calmó me dijo que era culpa. Nunca antes había leído ese mensaje escrito a mano.

Nunca había leído yo tampoco ese mensaje de Santiago. Y también sentí conmoción y culpa y alegría en el presente. Me lo había mandando en 2013 y me llegó hasta 2018. Cinco años después. Y justo a tiempo.

Nosotros dos también somos sobrevivientes, pensé.

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miope e hipermétrope al mismo tiempo pero en ojos distintos

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