[2](01/52) Año del Cerdo

El Tiempo No Perdona de Flavia Zorrilla

Traté de dejar todo listo el año pasado pero no pude. Es cierto que dejé pendientes para éste, trabajos y conversaciones, decisiones que aún arrastro. Libros que había empezado y en diciembre terminé de leer (Jane de Maggie Nelson, Dejarán su cuerpo de Alejandra Eme Vázquez), no conseguí acabar otros que arrastré todo el año por duros (Apegos feroces de Vivian Gornick) o porque me gusta irlos chiquiteando (Retrato de mi cuerpo y Show and Tell de Phillip Lopate, Bluets de Maggie Nelson, La mujer singular y la ciudad de Vivian Gornick) y aun así, con la comida pudriéndose en el refri, por decirlo de algún modo, fui al súper y empecé a leer otros (Esta noche el Gran Terremoto de Leonardo Teja y La novela luminosa de Mario Levrero).

Parecería enloquecedor leer (hacer) tantas cosas a la vez, pero siento que es la única manera de no enloquecer; la única forma de no escuchar un ruido sordo que me hipnotice y me haga ver que tengo que vivir de esa manera. En una nada que es lo único que verdaderamente da paz.

Esta mañana leí en Bluets (fragmento 44), cómo luego de que un hombre le miente y ella queda con el corazón roto, una terapeuta le hace ver que en realidad no conocía del todo a aquel a quien amó. Que no podría amar a alguien si no lo conociera en su totalidad. Y eso para ella es como: a) no haber conocido jamás el amor; o b) haber amado a un mal hombre. Y en cualquiera de ambos casos, es como quitarle el color azul al amor, limpiárselo, y quedarse con un pez gris inerte.

Luego seguí con Gornick, La mujer singular y la ciudad, donde habla de una relación amorosa con un tal Manny (ella cambia todos los nombres en sus relatos, porque todos son autobiográficos), una relación muy intensa que poco a poco se fue drenando también, en menos de un año.

Además del sexo, la forma de conexión más vital que existe es la conversación, dice Gornick.

No sé qué es el amor, pienso. He amado en azul, engañándome, he amado mucho e intenso por poco tiempo, he tenido el corazón roto por desmentir una mentira que yo misma me creé, me he conectado con otros a través del sexo o de las conversaciones, he conocido un amor que hace puentes en las comidas o en los sabores, en los viajes y en su presente perenne, momentos pregnantes, diría mi amiga Idalia. Y quizá sólo ese momento pregnante es el amor. Una imagen que te detiene para que la veas a la distancia, casi sin ser tú. Esa distancia que es el tiempo. El momento feliz está ahí como atmósfera y es imposible recrearlo ni capturarlo.

Un paseo por el jardín botánico de Oaxaca, un desayuno en el mercado, un sombrero demasiado grande sólo detenido por mis orejas, ver desde la sombra el patio iluminado por el sol sentados en una banca mientras ojeamos un libro cuyas imágenes nos gustan más que todas las exposiciones que acabamos de visitar, diez tiempos de manjares en un restaurante recomendado por Amanda que irónicamente se llama Origen, un vestido que salva la vida a medio día cuando vistes jeans, una botella de agua recién sacada del refri y darle la mano a Santiago en la línea de sombra que nos conduce a nuestra casa temporal que en este momento es un hotel.

¿El amor puede ser una conversación infinita o ese entender al otro en un momento que en su irremediable caducidad sí parece durar para siempre? ¿Ese segundo es o no real?

Y luego Gornick dice: ser amado sexualmente es ser amado no por el yo real, sino por la capacidad de despertar el deseo en el otro … Sólo los pensamientos de la mente o las intuiciones del espíritu pueden atraer para siempre. Y esto, termina por descubrir Gornick, no era un sentir compartido con Manny y además sería lo que terminaría por sumirla en una absoluta ansiedad e inseguridad.

Pero sí es lo que me une con Santiago, pienso. Conversaciones o silencios que duran al infinito. A veces olvidamos lo importante que es el factor de amistad en el amor. Ese cimiento de cualquier relación.

Estar juntos estando solos y estar solos aunque estemos juntos. ¿Ése es nuestro equilibrio? Un fin de semana en pareja y una semana a solas. Nos despedimos el lunes y me muero de miedo de subir a estar en medio de la nada con mi nada propia en San Agustín. Pero no habría por qué no sobrevivir.

Las primeras noches fuera de casa son las más aterradoras. Desde niña, si salía de viaje, me pasaba así. No importaba si era en casa de mis abuelos, de mis primos, de mi mejor amiga. El momento antes de cerrar los ojos extrañaba mi cama y me rompía el corazón la posibilidad de morir lejos de ella.

Una vez fui a la playa con Itzel. Era una playa virgen y dormimos en casas de campaña abajo de palapas. Empezó una tormenta en la noche, la primera noche. Y eso bastó para borrar en ese instante todo lo bueno del día. Tuve la certeza de que nos íbamos a morir. Vi los rayos caer a lo lejos, luego acercarse. Medir su distancia por el momento de la luz y el ruido del trueno.

Nos vamos a morir, le dije a Itzel, aquí no hay pararrayos. Y en algún momento me despertó el sol. Y yo a Itzel: No nos morimos, le dije feliz. Pensé que era broma, me dijo entre risas aún medio dormida. Y yo me reí, porque ya de día todo miedo suena ridículo. Pero esa noche y cualquier noche fuera de casa, la muerte es real.

No fue tan grave esta primera noche en San Agustín. No pude trabajar aunque soñaba con quedarme hasta tarde escribiendo. En vez de eso, escribí un mail como carta y luego logré que funcionara Netflix.

Esta mañana me desperté con los ojos cerrados con la certeza de que eran las 9 AM. Cuando abrí los ojos y alcancé el celular, vi que eran las 8 apenas. Había sobrevivido la noche.

Luego de hojear a Nelson y a Gornick, leí un rato a Levrero. La novela luminosa me parece el libro perfecto para desatorar cualquier escritura o idea o miedo. Encuentro revelador su proceso en el diario y la distinción que hace entre: angustia difusa → ocio → angustia específica.

Ahora estoy en una parte donde se da cuenta de que este proceso no es en sí un proceso, sino que todas ocurren al mismo tiempo. Ningún camino es en línea recta, ni siquiera los que comienzan a trazarse en un diario que disciplinadamente se escribe todos los días.

Todo ese diario previo a la que es como tal La novela luminosa trata de cómo desatorar el bloqueo de escribir una historia que lleva dieciséis años posponiendo. Levrero nota cómo, para llegar del ocio al trabajo, no es necesario transitar por orden las angustias y el ocio, sino que todo ocurre a la vez. Y además, que el ocio no puede forzarse. No basta sentarse a decir: no voy a hacer nada. Sino que se tiene que habitar esa nada. Estar en ella. Y de eso se da cuenta mientras lava los trastes.

Me identifiqué porque es mi modo de entrar en el día: lavar los trastes. Pero entonces me di cuenta de que hay otro modo que muchas veces evado para entrar en ese día, por la prisa de comenzar con el trabajo: bañarme. Si tengo demasiado trabajo y no voy a salir, salto directo de la cama a trabajar. Y pensé en el ser freelance. En todas esas pequeñas actividades que parece que distraen (tender la cama, limpiar la arena de los gatos, acariciarlos, desayunar, lavar trastes) pero que, en el fondo, son quizá lo que aún nos mantiene cuerdos, lo que nos aleja de ser robots productivos, lo que nos vuelve aún humanos.

Me hacen falta más días de ocio. Y no importa que 2019 ya haya empezado porque el Año del Cerdo arranca hasta el 5 de febrero.

Nos vemos entonces, principio de las cosas.

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miope e hipermétrope al mismo tiempo pero en ojos distintos

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Abril Castillo

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