(21/52) Lo que escribiría si escribiera

Abril Castillo
6 min readAug 15, 2019

Hace un mes, Idalia me leyó un texto de Clarice Lispector del libro La hora de la estrella que se titula “Si yo fuera yo”.

No viene en La hora de la estrella sino en Revelación de un mundo.

Empieza así:

Cuando no sé dónde guardé un papel importante y la búsqueda se revela inútil, me pregunto: ¿si yo fuera yo y tuviera un papel importante para guardar, qué lugar elegiría? A veces resulta. Pero muchas veces me quedo tan presionada por la frase “si yo fuera yo”, que la búsqueda del papel se vuelve secundaria, y empiezo a pensar. Mejor dicho, a sentir. Y no me siento bien. Pruebe: si usted fuera usted, ¿qué haría?

Hay veces que me escindo igual que Clarice. No pienso en papeles perdidos, sino en compromisos a futuro. Sé constantemente que todo lo que haga o deje de hacer hoy, repercutirá en la Abril del mañana. Entonces me pregunto: ¿de qué me acordaré en diez años más, de una comida familiar a la que fui o de haber trabajado un domingo, habitando sólo en mi cabeza? Hasta hace poco, ésa era mi brújula para decidir si salirme o no de mi mente.

Lo cierto es que si habito durante mucho tiempo sólo mi mente, ésta me lleva por lugares poco transitables o atmósferas donde me es imposible respirar. Por eso vale la pena salir cada tanto. Ir a comidas los domingos. Dibujar. La escritura es una extensión de mi mente, pienso. El dibujo, de mis emociones. Por eso lloro cuando escribo y me río cuando dibujo. Últimamente no he podido hacer ninguna de las dos. Lo hago, pero nunca regreso a lo que hago. Y me parece que escribir sin releer y dibujar lo invisible son acciones que es lo mismo que no existan.

Pero sí existen, me dice siempre Idalia. Sí has estado escribiendo estos meses.

Entonces es probable que lo que exista sea la escritura y yo no. La tinta y no mi cuerpo.

Clarice habla de un papel perdido. Ése es el detonante principal de su texto, lo que antecede a su frase: Si yo fuera yo.

Si yo siento que no he escrito ni dibujado, aunque lo haya hecho, quizá quien no existe soy yo.

Yo, lo impalpable.

Yo, el fantasma.

Yo, lo atorado.

Si yo escribiera, escribiría esa historia de los volcanes que estaban a punto de hacer erupción cuando dejé Morelia y me vine a vivir al DF. Esos volcanes que eran una prueba constante de que estábamos mejor allá, donde no caía ceniza ni temblaba nunca. Atrapados todos en una casa aislada del mundo. Escribiría esa historia que estaba escrita en segunda persona, pero empecé a reescribir en tercera el año pasado. Contaría de los documentales y textos que he leído sobre volcanes y sobre habitantes pasados que quedaron bajo la roca volcánica de Copilco.

Si yo escribiera, escribiría esa historia sobre mi primera gata y una larga reflexión sobre la maternidad. Releería lo escrito y sumaría partes con más rock, como me recomendó Ale Moffat, porque esa versión anterior era pura cursilería y le faltaba la otra pata para no caerse.

Si yo escribiera, escribiría ese libro de Contrapelo, que quizá se vuelva novela (ese género donde cabe todo) pero que empezó siendo un proyecto de ensayo y que para ahora ya debería haber terminado. Terminaría de editar mi bitácora de ese año del rape. Haría un giff o un video con las 365 fotos que me tomé diariamente. Leería toda la bibliografía pendiente y transcribiría todas mis notas que volqué en libretas ahora que vino Sylvia Aguilar Zéleny, doula de libros, genia de la edición y la escritura.

Y ya encarrerada, transcribiría también los textos de las otras libretas que llené en los talleres de panamá, el que di con Idalia y el de Joan. Los transcribiría sólo por tachar ese pendiente en mi cabeza, sólo por quitar esas miles de libretas de mi escritorio, que me regañan todos los días que no las abro, que no extraigo nada de ellas, que las evito igual que me evito en un espejo que es mi letra escrita a mano, mis textos sin filtro, mi pensamiento automático y palabras al aire que al quedar atrapadas en una libreta no se las lleva el viento, como debería, y ahora me toca releerlas, reeditarlas, darles orden a ellas y a mi mundo y quizá por alguna razón quiero seguir habitando alguna suerte de caos. Hay algo que no quiero que se vuelva real, pero ¿qué?

Si yo escribiera, escribiría un texto a la semana de mi vida cotidiana, de todo lo que se me viene a la mente y al corazón. No me importaría hablar de cómo me siento porque, aunque César (nuestro gurú de la autobiografía en el Club de Autobiógrafos Anónimos) nos dijo que no hay que ser exhibicionistas en este tipo de escritura, ni conmiserarnos, ni una tercera regla que ahora mismo no recuerdo. Aunque nos dijo eso, yo en general no tengo muchos problemas con asincerarme con lo que siento o con lo que me ha pasado. Y luego sí puedo ser medio exhibicionista de mi intimidad y hasta quizá de la de otros que me rodean, pero nunca me ha importado al grado de dejar de escribir. No. La razón por la que no escrito es otra, pero no sé bien cuál es. Cuando me pregunto por qué he dejado de escribir, me respondo que es porque se murió mi tío. Sólo que aún no logro descifrar del todo por qué ésa es la razón de mi silencio.

Si yo escribiera, escribiría sobre el último domingo que mi tío estuvo vivo. Escribiría cómo era un chiste local en mi familia, cuando alguien se disculpaba por no poder ir a algún evento familiar, decir: “Es que tengo mucho que estudiar”. Escribiría que este chiste surgió medio chiste y medio reclamo cuando mi tío era joven, porque así se disculpaba él de ir a las comidas familiares. Escribiría que yo siempre lo interpreté como una manera de plantear un límite con los otros, para poder tener un espacio interior sin que los demás lo juzgaran tanto a mi tío. Que además de querer esos espacios interiores y disfrutarlos, porque mi tío era muy apasionado de aprender y siguió estudiando y enseñando en la universidad toda su vida, además de eso, era una manera irrebatible de zafarse del compromiso. Y esa segunda parte (la primera también) mi tita, su mamá, la sabía. Así que cuando yo me disculpaba de no ir alguna comida, porque tenía algún otro compromiso, mi tita me decía de broma: “¿Vienes o tienes algún otro con-permiso? O, como Tolín, ¿también tienes mucho que estudiar?”.

Si yo escribiera, escribiría que ese último domingo de mi tío, todos íbamos a ir a comer a La Posta, pero yo me quise quedar en mi casa trabajando, terminando de editar mi novela. Escribiría que me dio culpa no ir, por un lado, pero también que me costó trabajo decir que no, porque disfrutaba mucho esas comidas. Escribiría que al faltar pensé que no era el fin del mundo y que, como Tolín, yo tenía mucho que estudiar y que no tiene nada de malo algunos domingos tener un espacio propio e interior. Escribiría que pensé que habría otros domingos, porque no sabía que era el último, y que Tolín tampoco sabía que era el último y que también faltó a esa comida porque ya se sentía muy mal. Si pudiera escribir, escribiría que esto que siento al intentar escribir esto es bastante insoportable. Escribiría que probablemente, si la Abril del futuro llega a leer esto, no llore tanto como estoy llorando ahora que lo voy tecleando; aunque no la conozco a la Abril del futuro, capaz nunca lo relee o capaz llora más que yo en este momento.

Si yo escribiera, escribiría que el acto mismo de escribir es quizá eso que permite generar una membrana entre el presente y el dolor pasado. Escribir es algo parecido a la risa, después de todo, porque genera una distancia necesaria para que el dolor quede colocado allá.

Si yo fuera yo, pensaría que escribir es un poco encontrar ese papel perdido de Clarice Lispector. ¿Qué habrá tenido escrito en ese papel descolocado? ¿Qué parte de ella reencontraría su lugar en su interior al encontrarlo?

Si yo escribiera, escribiría que escribir es también recolocarme. Callar el caos. Pisar de nuevo el mundo. Aceptar que el pasado ni el futuro existen y sólo puedo escribir en tiempo presente. Y también, sólo puedo ser un yo donde habitan todas mis demás posibilidades.

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Abril Castillo

miope e hipermétrope al mismo tiempo pero en ojos distintos