(24/52) Whiplash

Abril Castillo
6 min readJun 24, 2022

La maestra de tercero de primaria dictaba tan lento y decía cosas que me parecían tan poco importantes que agarraba el lápiz y trazaba al aire para que no me chingara y pareciera que estaba escribiendo. No soy tonta, veo que no estás escribiendo nada, Abril, me dijo molesta. Reconociendo desde mis ocho años lo prepotente que puedo ser. Y yo a la vez, ahora que lo recuerdo esta mañana, que la burocracia no nace cuando entras a trabajar a una oficina de ocho a siete, con dos horas de comida, para hacer un trabajo al que en ciertas jornadas no le dedicas más de un par de horas; esa burocracia ha existido siempre, y pensé que ser freelance me libraría de ella, y ahora en este master que al fin junto los pedazos de lo que escribí desde siempre (¿Por qué no me habré dejado notas de: esto ya lo tienes, esto también, y en vez de eso, parece que me escondí todo?) me parece que la burocracia está en todos lados. Que hago y descanso de golpe unos días, y luego me quedo escribiendo al aire el resto del tiempo, más experimentada para que el profe no me cache.

¿Entonces por qué he estado tan estresada?

Tuve un maestro en primero de primaria en una escuela Montessori que nos enseñaba pintura y era francés. Hablaba mal en español y además era super brusco. Una vez me dijo que por qué estaba toda despeinada. Y aunque mi mamá me peinaba con mucho ahínco y mucho gel cada mañana, yo me despeinaba en cuanto entraba por la puerta. Me dolía la cabeza de tanto que me apretaba. Además, la clase de pintura era después del recreo. Rara vez me sentía tan autoconsciente de mi físico como cuando estaba con mi abuela Paz y ahora con ese profesor. Aunque lo que más me gustaba era pintar, empecé a ponerle más atención a estar presentable a esa hora. Una vez se me olvidó y cuando me di cuenta después de un recreo feliz que tocaba clase con él, corrí con la maestra de francés, una mujer regordeta y muy dulce, (que nos enseñaba señalando imágenes en un comic y diciendo las palabras clave: gato, niño, papá, risa, golpe, ventana, pájaro), a que me peinara. Pero me hizo una trenza muy aguada y yo que tengo bien delgadito el pelo, al llegar al salón ya se me había despeinado. Esperaba que el profe me dijera algo, que me regañara como la otra vez. Era casi como si buscara esa atención, aunque fuera violenta. Su alumna favorita era una niña, hija de artistas, que dibujaba caballos de manera super realista. La felicitaba constantemente. Yo no recuerdo nada que haya dibujado ahí, más que mi frustración por no saber dibujar caballos, a la fecha. Un día estábamos todos sentados en una banca larga en el salón, y me empecé a inclinar mucho hacia delante, y me traje la banca conmigo. Me ganó la cabeza. Me rompí la nariz o algo adentro de la nariz, y empecé a sacar mucha sangre, manché todo el piso. El profe me regañó y me señaló los fregaderos del fondo, y ahí vi cómo mis coágulos se volvían sangre líquida y desaparecían por la coladera. No me supo poner bien el tapón que a veces mi mamá me ponía si me salía sangre por el calor. Me quedé ahí asomada al lavabo como si me comiera un mango jugoso, hasta que me dejó de sangrar la nariz.

Anoche no sabía qué ver y vi dos películas. Primero la de Druk, y lloré mucho al final otra vez, comprobando que el alcohol es lo que muchas veces me salva de sentir las peores emociones del mundo, o sentirlas y transitarlas. Ese baile del final y cómo se inserta la idea de baile desde el principio. Todo el dolor puesto en un día de verano al lado de lo que sepultó a su amigo. Solo la había visto una vez antes. La segunda fue Whiplash, que he visto muchas veces, pero ayer fue como verla por primera vez. Hay una escena donde el profesor violento cita dos horas antes al alumno promesa a propósito, cuando al fin lo hace tocar, lo pone en el cielo: lo llena de halagos y hace reemplace al alumno más grande que estaba de fijo. De ahí viene ese meme de “Not quite my tempo”, porque de ahí no hace más que enloquecerlo, él nunca entiende cuál es ese ritmo que no sabe alcanzar.

A principios del master le regalé dos libros a mi tutor. Mi novela y un libro que edité. En la segunda tutoría, él acababa de ir a México y yo le había pedido unos chiles serranos, a lo que él me dijo que si no dejaba de extrañar mi país no la iba a pasar bien aquí. La siguiente vez que nos vimos me dijo que cuando un libro no le gusta, lo deja de leer. Nunca comentó nada de mi novela, pero me devolvió el libro que edité: Leí unas cuantas páginas y no es para mí, dáselo a alguien que lo disfrute. Me quedé sin palabras. Luego sacó una bolsa de plástico con unos 300 gramos de chiles serranos.

Había un juego en la primaria donde señalabas al piso para que tu amigo volteara, y cuando lo hacía, ponías tus dedos formando un círculo. Si tu amigo veía el círculo, podías pegarle en el brazo: trazabas un tache como blanco, le pegabas un buen palmazo y luego lo sobabas.

Mi tutor empezó a hablar un poco de libros autobiográficos y dijo que solo eran buenos los que eran polifónicos. Su silencio siempre me hizo sentir que él creía que el mío no era bueno. Un editor me dijo que mi libro no era publicable en España porque no funcionaría fuera de México. La traductora me contó que una editorial inglesa le dijo que esperaran a ver qué más hacía yo para ver si valía la pena publicar ese único libro. ¿De qué más voy a escribir sino de lo que escribo?

Pasé tantos meses escribiendo avances al aire que en el último viaje que hice con Santiago, me propuse dibujar. Ahora ilustro con indesign y circulitos textos que juntan más de ochenta páginas de las cuales ya no estoy segura de qué sirve y qué no. Todo sirve y nada sirve. Qué es el arte, qué es esta estúpida burocracia.

En Sinécdoque de Nueva York, dos personajes pasan su vida desarrollando sus obras como obsesiones de las que no pueden librarse. Sería el equivalente a el libro infinito, siempre hacer la misma obra desde distintos ángulos. Él es un dramaturgo, interpretado por Phillip Seymour Hoffman, y ella es una pintora, interpretada por Catherine Keener. Son esposos. Él empieza a hacer obras cada vez más grandes, elimina la cuarta pared y luego llega a un edificio, una cuadra, una ciudad. Ella pinta cada vez más pequeño. El final es él habitando un mundo donde todos son parte de la obra, y ella haciendo naturaleza muerta con microscopio.

Acabar una obra es hacer que se muera. Tal vez por eso hay ratos de escribir al aire, de dibujar o yuxtaponer fotos. De romperlo todo y de no querer darle control print. Excepto si es la salida, el boleto que te libera de una experiencia para llegar a la siguiente. Pero solo para liberar el cuerpo, me refiero, que estas obras no se terminarán de hacer jamás.

No terminé de ver anoche Whiplash, le puse pausa y guardé la compu en esa parte donde el hijo al fin llega con el padre a cenar, y le cuenta feliz sobre su nuevo maestro y lo contento que está de trabajar con él. El padre, atento pero sin parecer muy enganchado le dice: Te importa demasiado lo que él piense de ti, ¿verdad?

Ya ni sé cómo hilar todo esto, pero estoy segura de que un hilo tiene. Salud.

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Abril Castillo

miope e hipermétrope al mismo tiempo pero en ojos distintos