(32/52) Los nombres

Abril Castillo
3 min readAug 9, 2018

No me gusta revelar nombres. Aunque un poco me dedico a eso. A poner en contacto a A con B. No a revelar secretos. Eso es lo contrario. Eso es romper lazos. Revelar nombres que no quieren ser revelados. Revelar como una fractura de la confianza. Se trata de hacer puentes. Pero seguro hay nombres que una vez revelados generarían miles de puentes con quien, como uno, ha sido violentado.

Hace un año empecé a escribir una novela un tanto familiar. O totalmente familiar. Y no quise poner los nombres reales. O sí quise, pero eso me impedía hablar.

La incomodidad es el silencio.

Y entonces cambié todos los nombres. Y pude contar la historia. Escribir se trata sobre decir una historia, no sobre denunciar a nadie. Eso es otra cosa. Me quito del pecho la historia y entonces me dan igual los nombres. Pero hay unos que no puedo superar, porque siguen ahí, por la calle, en todos los trabajos, en boca de amigos y ferias y editoriales e invadiendo mi Facebook, rogando que no los diga. No digas mi nombre. Moriría por tu culpa si me nombras. Qué ganas de nombrarlo, no para matarlo, sino para que deje de violentar a otras.

La primera novela que intenté escribir, otra, no la misma, estaba narrada enteramente en segunda persona para enmascarar a la primera desde la que narraba. Llevo un mes reescribiéndola en tercera persona y puse el nombre de quien me incitó a escribir esa historia en primer lugar. Se lo puse a la protagonista como un homenaje. Gracias. Tu nombre está conmigo. Tu nombre ahora es un poco yo.

No me atrevo a decir tampoco los nombres de quienes me han acosado, aunque ganas no me faltan. Cada vez menos. Me gustaría poder romper el silencio. Los digo en voz baja. Los digo a quien en corto me pregunta o a quien de cerca los nombra. Ten cuidado con esa persona. No. No digo: Ten cuidado con nada. Sólo cuento mi historia. En primera persona la cuento. Y no puedo esperar más. Sólo que de uno a uno se haga un puente. Pregúntenme los nombres. Yo se los digo.

Antes pensaba que la incomodidad era una piedra en el zapato. Arena en el traje de baño. Un insomnio. Ahora pienso que la incomodidad es ese silencio.

Pero la incomodidad también es lo que te mueve a la acción. Lo que te hace sentir viva.

La comodidad es dormir y soñar sueños de quince horas. La tristeza es una tina de agua fría. Intento salir del sueño y no puedo. Y por eso duermo con cortinas traslúcidas. Intento salir de la cama. Al despertar, en cuanto me dan ganas de ir al baño, no queda otra opción más que levantarme. Y en ese instante, empieza el día.

Si la comodidad de los otros es mi silencio, tal vez habría que empezar a hacerlos sentir incómodos. Ésa es una incomodidad que yo ya no quiero. Irme de un lugar cuando nombran su nombre. Callarme porque si se muere va a ser mi culpa. En el fondo sé que no es cierto.

Habría que romper el silencio, no para matarlos. No para que se mueran. Para existir. Porque calladas, nos anulamos nosotras, nos morimos en nuestro propio silencio. Y estamos vivas también.

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Abril Castillo

miope e hipermétrope al mismo tiempo pero en ojos distintos