(33/52) Pies helados

En un cuaderno tamaño pasaporte comencé a escribir a mano mis sueños algunas mañanas. La rata me había contado que llevaba un tiempo escribiendo sus sueños y desde que dejé el psicoanálisis he intentado hacerme cirugía de cerebro yo sola, o aplicando eso que en un libro de kínder sobre salud emocional, que me tocó ilustrar hace una década, sugería, que es:

  • hablar con amigos

Empecé a escribir mis sueños cuando noté lo extraños que eran y con la idea de releerlos después a ver si así entiendo cómo me sentía en el pasado. Cuando ya no sea necesario curar ningún dolor, solo darme cuenta de lo obvio que era lo que estaba viviendo.

***

Mi prima Emilia no quería comer el desayuno a los cuatro años. Fue el año de Maléfica, cuando rentamos La bella durmiente y la vimos unas dos o tres veces en la cama king size de la abuela, en Cuernavaca, las dos de visita. Sus papás se habían ido de viaje y mi abuela me invitó a pasar unos días con ella, a estar con mis primas. Cuando estaba la abuela, me sentía más cercana a mis primas; igual que con mis papás, me siento más cercana a mis hermanos. Tengo dos hermanos, aunque a veces diga que tengo uno y medio. Mariana y Rubén no comparten padre, pero se dicen hermanos.

¿Qué es lo que realmente me separa de Patricio? Mi papá, un espacio demasiado amplio que se hizo cuando me enteré un mes antes de que naciera Patricio que ya no íbamos a ser solo dos hijos.

En la familia Cabrera muchos tienen un hueco entre los dientes frontales. Emilia decía de chiquita que ya se le había caído un diente cuando en realidad no se le caía todavía ninguno. “Dientes de shorts” le puso mi hermano a esa condición, porque su novia Aurora los tenía así. Era un cariño y una risa. Ahora en el siglo XXI ya nadie cuestiona tanto esas distinciones físicas. Emilia pensaba que se le había ya caído un diente entre sus dientes. Tener tres dientes de frente. Tres hermanos. Uno se cayó. Caer, callar.

Emilia no quería comerse el desayuno, ya no recuerdo por qué. Quizá la clara estaba muy aguada. Quizá no era arroz. O quería algo dulce y solo había salado. Yo dije: Es una berrinchuda. Lo pensé. Emilia corrió al que era su cuarto en Cuernavaca llorando. Yo dormía con mi abuela, era aún la primogénita, la nieta consentida; hoy me siento huérfana de todos. (Corro como esa niña chiquita y hago mi berrinche y mi drama con este texto). Mi abuela fue tranquila tras Emilia, mientras el resto de la familia la ignoraba por berrinchuda en el comedor. Mi abuela fue, dulce y paciente, como siempre. La maestría de sacarle el canto a las sirenas sin caer de la piedra. Y Emilia, como si de golpe se volviera una adulta, le explicó tranquila lo que le impedía comer ese desayuno: Yo no quería catsup en mis huevos, o: Solo dejalos en la lumbre quince segundos más para que se haga bien la clara, tápalos un rato y bájale el fuego, o: Échale más azúcar a la leche y siéntate conmigo a tomarla, abuela.

Vimos por tercera vez a Maléfica y al terminar brincamos juntas tomadas de las manos en la cama de la abuela. Mi abuela y Lupe, su hermana, platicando en el jardín; su hermana acompañándola a regar sus rosas. Una prima también es una hermana, por qué estoy tan lejos de las mías. Emilia riendo y confesando una revelación: Ya sé por qué Maléfica da tanto miedo, porque es un toro.

Todavía pienso en mi mejor amiga de la adolescencia como un hito. Igual que es un hito mi primer novio. Aurelia nunca dejará de ser una espina clavada y si hoy me mandara un mensaje para vernos, iría sin duda corriendo. Sé que podríamos jubilarnos juntas y jamás aburrirnos. Nunca la dejé de querer.

Emilia y Aurelia se parecen tanto. Las dos son unas Mafaldas: luminosas y solares, una se hunde en ellas como satélite, imposibles de ignorar. Calor y gloria.

¿Por qué me duele tanto y me cuesta tanto superar el rechazo de una amiga? Quedarme sin palabras.

Mucha gente me odia.

Me lo dijo Sergio, el primer novio que tuve, que superé pronto. Me lo dijo así: Conocerte marca a la gente pero no siempre para bien, nadie se queda neutral hacia ti. Te pueden querer mucho o odiar para siempre, eres así de luminosa o culera.

Un día Sofía, semanas antes de mandarme un meme sobre que los memes de Julio eran un insulto a la inteligencia, también me dijo que con Tarantela había escrito una novela de luz. Supongo que ella misma es luz y sombra. Todos lo somos. Todas podemos serlo.

Me escondo en una cueva.

Carla Faesler dice: “nos sale sangre del cuerpo. el flujo impide, empujando hacia afuera, que entren bacterias. por eso es importante hablar, cantar, cuando algo nos hiere”.

Sangro unos meses, semanas más. Me derrota la ponzoña. Veo series, leo libros, trato de pintar con punta seca y no duermo de noche.

No sé qué estaba escribiendo sobre mis sueños hace unas semanas, pero dejé de registrarlos. Pienso un rato en ellos de día, pero quiero que se vayan. Que sangre mi inconsciente, ojalá no recuerde nada mañana y quede libre de toda culpa, de dolor, tristeza y enojo; que vuelva a tomar café como antidepresivo y con eso baste.

Empecé clases de cerámica. Espero que esta vez consiga hornear algo.

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miope e hipermétrope al mismo tiempo pero en ojos distintos

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