(35/52) Llenar el buche de piedritas

Pienso mucho en si no la estaré cagando al tratar de calcar la vida de antes. Ir calcando vida tras vida cuando me muevo de un lugar a otro como manchas de Rorschach, una simetría eterna, unas muñecas de papel tomadas de la mano al infinito. No fui a ver a Vivian Gornick esta semana a la FILUNI. Tuve el ánimo más bajo que de costumbre y me quedé sin fuerzas de ver gente. Dos cervezas con una poeta que siente ansiedad social. No es que me dé pena hablar en público, me dice, pero me doy cuenta de que me cansa estar con tanta gente. A mí me da pena hablar en público, pienso. Y todo me cansa. Hablar con ella uno a uno me energetiza. Veo cómo en la conversación se va trazando un ADN que sube hasta el cielo girando. Dos cervezas en tres horas. El ataque de pánico se me instala en el corazón y de un lado de la cabeza como un zumbido desde las doce del día. La máquina para medir la presión me mira desde el otro lado de la sala. Me concentro en la historia de Riad Satouff y veo estrellitas. ¿Debería ir a psicoanálisis, no para volver, sino para desahogarme? La rata prende una vela para mí y me sugiere hacerlo. No tengo velas y no sé cómo hacerlo. Me encomiendo a ella porque me siento falsa haciéndolo yo, pero creo en su magia: en la de la vela de la rata, en la magia misma de mi amiga. Tampoco fui capaz de prenderla cuando la mamá de Mariana se enfermó. Me llamó el otro día, Mariana, me mandó un mensaje. Quizá hablábamos hoy. Ir de nuevo al sur los viernes, parar antes de la terapia en los viveros y correr tres o cinco kilómetros, desahogarme o trabajar como gimnasio no mis músculos sino mi psique. ¿De qué estarán impregnados todos esos árboles y esa tierra en los viveros; todo ese desecho que soltamos ahí, que desprende el sudor y los pasos y el ruido de nuestras respiraciones? Debería buscar algo nuevo. Algo como la cerámica. Fui a cerámica creyendo que iba a dibujar en superficies planas o curvas, y terminé modelando cosas abstractas. Gina me dice que esas piezas son para bienal, no por buenas, sino por pretenciosas. Me pierdo horas en pinterest y quiero lo abstracto aunque llegué a la clase diciendo que quería hacer cosas prácticas: un plato, una taza, unos cuencos para cacahuates. Termino intentando modelar el infinito y un laberinto, una ola a la cual poderle meter sabritones porque tiene hoyos. Aquí se viene a encontrar lo que no estás buscando, nos dijo Gina la primera clase. Necesito terapia y necesito hacer ejercicio y solo conozco un lugar. Solo tengo una madre y también la evado, ¿por qué? Me quiero seguir de largo así como dice Alan Pauls que hacen César Aira y Knausgard al escribir: con esa urgencia de llegar a algún lado, no se sabe a dónde, eso no importa, lo que importa es seguir. Escritores que como Forrest Gump salen corriendo a la chingada sin saber cuándo regresarán, hasta que se paran allá lejos en un desierto, barba crecida, uñas largas, y se regresan caminando dejando a toda la torva que los seguía al desamparo. En la carrera que Michael Scott organiza para la rabia, traza una línea de 5 km de la oficina a la chingada. Llega Toby el primero y le pregunta a Kelly que dónde están, por qué no volvieron a la oficina desde donde partieron.

—¿Were are we?
—I don’t know, somewhere 5Km from the office.

El fin de semana fui a Querétaro y de regreso había maratón. Va a ser un rollo porque termina en el centro, me dice Porfirio, el chofer de la Secretaría de Cultura que me recogió y devolvió a mi casa. Fue futbolista y luchador, me cuenta. Se chingó la espalda y pasó dos años en silla de ruedas hasta que un amigo suyo del Toros Neza lo llevó con un huesero que lo salvó. Desde ahí se volvió atleta. Ha corrido decenas de maratones internacionales, ganó una vez el quinto lugar y salió en el periódico. No consiguió nunca patrocinador y sigue corriendo, ganando a veces uno que otro premio, y trabajando para siempre de traidor, me dice, porque se encarga de llevar y traer cosas, o personas, como yo. El maratón termina en el zócalo pero dónde empieza, le pregunto. Pues en el zócalo, todos los maratones empiezan donde terminan, al revés. La meta es salida y llegada. Volver a casa.

Esta mañana mi pulso está mejor. Parvana llega y se sienta en el sillón verde de allá, mientras el ticher y yo la vemos desde el sofá azul de acá y la invitamos a sentarse a nuestro lado. Tiene el buche lleno de piedras, me dice. Recuerdo las metáforas de la vida cotidiana en la plática de ayer, de cómo tu segunda lengua puede ser tu verdadera lengua también, no existe una única materna. Escribir en cualquier idioma, en el idioma que te lo dicte el alma. Escribir y meta escribir. Hablamos de Panofsky y de Beckett con la poeta. ¿Nos iremos volviendo más amigas? Parvana tiene el buche lleno de piedras dice el ticher, y recuerdo también esa frase del profesor la semana pasada cuando dijo: We don’t want to boil the ocean. Una frase que se usa mucho, él y su asistente se rieron y yo me quedé viendo luces. It’s just a saying, me dijo. Y yo: Es hermoso. Y él: Y muy real hoy en día ahora que lo pienso. Pensé ayer en Borges y esas metáforas que encontró sobre los cisnes en la poesía de hace siglos en Inglaterra, cómo quedó maravillado la primera vez que la leyó, y cómo quedó aun más maravillado cuando vio que eran un lugar común, un estereotipo en esa cultura. Las metáforas se aplastan y dejamos de verlas, pero no por eso son menos maravillosas; supongo que transformarlas en otra cosa al hacer el puente a otra lengua puede ser así. Hacer literal lo que solo se intuye o sugiere en ilustración es una gran técnica cuando acompañas con dibujos otro texto, un puente que genera tensión y al final forma dos obras separadas. Ilustrar y traducir no son tan diferentes.

Volver a lo mismo ahora que soy distinta quizá sería lo mismo. Hacer literal algo que solo está sugerido. ¿Qué poesía inesperada se revelaría con esas acciones conocidas? ¿Encontraría en esa mancha lo que no estoy buscando?

Yo tenía literalmente lleno el buche de piedras, ticher. Es que siempre estás bien corajuda, ¿verdad, Parvana? Nosotros qué te hicimos, y se echa a reír. Parvana viene y se sienta a mi lado, quito el libro de mi regazo, pero llega Aparicio y ella se enoja y se va. Hace dos años, con la glándula, mi glándula producía esas piedras. Guardo una en un cajón, adentro de un tubo de ensayo; la saco a veces y la agito cerca de mi oído derecho, de donde salió. Saluda a tu vieja casa. Aquí estoy.

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miope e hipermétrope al mismo tiempo pero en ojos distintos

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