(36/52) Los comensales (I)

Abril Castillo
4 min readNov 17, 2019

No sé cuánto tiempo llevo jugando Kitchen Scramble. Sé que su antecedente directo fue otro juego de cocina, que tenía un número de mundos muy limitado.

Pero el origen de todos estos juegos fue uno que jugaba Santiago, «Chefcito», donde un chef tenía que servir platillos a sus cada vez más desesperados clientes, y él gritaba: ¡No, espérenme! ¡Ya perdí!

Era ya noche y yo estaba dormida a su lado, él jugaba en su celular, por ahí de 2011. ¿Qué pasó?, le pregunté y, como ya estaba despierta, me incorporé; él me mostró su pantalla y empecé a ver cómo un chef al que no vemos, en primera persona le va dando platillos a clientes que se le paran enfrente. Es un restaurante de hamburguesas. Algunos se la piden con queso y tocino, unos sin cebolla, otros quieren papas, malteadas o refresco. El menú completo tendrá unos 10 platillos, contando sus variaciones. Conforme pasa el tiempo, los comensales se empiezan a impacientar más y más. Me fascina verlo jugar y, como ya es tarde, no me toca jugar a mí. Lo apaga y nos dormimos. Al día siguiente, le pregunto el nombre de juego, pero no existe para iPhone. Préstame tu celular, le pido. Y, aunque andamos en una racha donde yo soy bien celosa, y corre el riesgo de que mientras juego le llegue algún mensaje, me deja jugar.

Los siguientes días, juego todo el tiempo que estamos juntos. Mientras él trabaja. Mientras él va al baño. Mientras hace de comer. Mientras lee sus cómics. Mientras navega en internet. Youtube. Facebook. Mientras dibuja en sus libretas, escucha música, me cuenta sus historias de infancia, yo estoy clavada en el celular.

Se hace de noche y me empiezan a arder los ojos. Me arden un buen los ojos, le digo. Tengo un puntaje récord en este juego, cuyo nombre no recuerdo y quizá nunca lo tuvo, porque Santiago y yo siempre le hemos dicho «Chefcito». No manches, los tienes rojísimos, me dice Santiago carcajéandose. No he parpadeado en horas, en días. Todos mis comensales están contentos, rara vez se me van.

Como el juego setentero donde de un tablero donde se prenden focos en cierto orden, tienes que ir recordando su ritmo y recrearlo después de él, siento el mismo ímpetu por llegar más lejos esta vez, cada vez. Pero es un serpientes y escaleras, empiezas de cero en cada ocasión y, a diferencia de cualquier otro juego, llegas a la nada. La nada para la nada, porque una vez que los comensales se van, llegan más. Llegan los mismos. Antes dije que el menú es de máximo diez platillos, pues los comensales son menos, unos cuatro o cinco estereotipos máximo, que se repiten una y otra vez. En momentos tienes a los mismos comensales al mismo tiempo: una señora elegante, un gordito de bigote, un hombre de corbata, un chavo con gorra, una señora de pelo corto, una niña.

No hay distinción entre ellos, excepto en lo que piden de comer. Uno va haciendo memoria de lo que cada uno quiere casi siempre: la señora va a pedir la hamburguesa con tocino, el gordito unas papas y una dona, la niña una malteada, la señora de pelo corto la hamburguesa sin cebolla, el hombre de corbata cada vez quiere algo diferente. Hay antecedentes, pero hay que estar atentos. Sobre todo cuando el ritmo sube. En este juego puedes adelantar comida y ponerla a un lado. Pero si no cocinas rápido y vas entregando, la carne se quema, se aguada, se tiene que tirar a la basura. Una vez servido el plato, un timer arriba de éste te marca en porcentaje qué tan buena está la comida y eso repercute en la propina que te da el comensal.

Los ojos rojos, cada vez más rojos. Una vez entró Maiqo, el roomie de Santiago y se rió también de lo rojo de mis ojos.

Decidí seguir jugando, pero recordarme parpadear. No lo hice. Jugar ese juego era navegar hacia la nada. Ser ese chefcito no era tan diferente a trabajar en el gobierno, haciendo trámites, o en una ventanilla vendiendo boletos de metro. En realidad cualquier trabajo puede verse así: ser corrector de estilo, ilustrador, albañil. Pasa a veces con ir correr por las mañanas o tomar el desayuno. Al entrar en esa repetición infinita que no terminará nunca en apariencia, el tiempo se extiende eternamente, tal como si estuviera detenido. Cuando uno ha encontrado la evasión perfecta, deja de tener sentido para qué sería necesario parpadear.

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Se llamaba Cooking Dash y sólo estaba disponible para Android. Los platillos iban desde un hotcake hasta un sushi. Y el chef aparecía sólo en la presentación del juego, mientras se cargaba.

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Abril Castillo

miope e hipermétrope al mismo tiempo pero en ojos distintos