(39/52) Siempre y cuando fuera eterno como el sol

Abril Castillo
2 min readNov 18, 2019

La primera vez que oí a Fernando Delgadillo fue porque mi primer novio, un chico que se llamaba Javier, como mi papá, me puso la de Hoy ten miedo de mí. «La canción de la violación», le dice Ala, con quien escuché a Delgadillo por última vez el fin de semana pasado, luego de décadas de no escucharlo.

Tanto fue así, que terminé llorando como una Magdalena en una experiencia nostálgica que no estoy segura de si alguna vez había tenido. Y más que Delgadillo, fue que el momento en que me colocaron sus canciones fue tan precisa que realmente me sentí ahí otra vez, habitando ese mismo lugar donde lo escuchaba, con todas esas personas presentes o ausentes en ese presente de fines de los noventas. Pero todos al mismo tiempo en un solo golpe de vista. Como un aleph.

Estábamos Daniela y yo en la azotea, con la grabadora con pilas, viendo al cielo y escuchando canciones. Daniela llorando por el novio que no volvería de Francia, y cuyo regreso se extendía cada vez más. Estaba Neto enamorado de Priscila. Aurelia y yo bajo el influjo del mismo adulto adolescente. Sergio pasándome cigarros por la ventana, atados al hilo de su persiana. Yo tratando de dormir cada noche con esas canciones que ponía en loop una vuelta y me quedaba dormida con su silencio.

Ala tiene una lista que se llama «Quiero un novio al que le guste la trova» en Spotify. Yo soy una escucha de trova de clóset, le confieso. Pero la verdad es que llevo décadas sin escucharlas y, como andar en bicicleta, no se me han olvidado del todo las letras. Como andar en bicicleta, igual medio me caigo en una curva cuando hay una palabra que no recuerdo, un tropezón cuando se me olvida qué estrofa sigue, pero puedo sentirlas y me colocan, o así lo hicieron el sábado, en ese lugar que tan lejos de mí quedó. Será esto envejecer.

Nunca fui a un concierto de Delgadillo. Ala sí ha ido a varios. No sé si lo volvería a escuchar pronto. Tal vez cuando quiera llorar. Ala lo escucha a veces y me dice que también a amigos suyos, como César e Isabel, les gusta Delgadillo. Y creo que hasta hay una palabra para esa afición: delgadilovers, o algo así.

Tal vez, después de esta experiencia, ahora esas canciones de trova me recuerden mi paso por El Paso, esa noche de amigas, esa pijamada tan prometida, en la que, cómo no se iba a abrir un túnel hacia este universo mágico donde es posible sentirlo todo otra vez.

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Abril Castillo

miope e hipermétrope al mismo tiempo pero en ojos distintos