(43/52) Lo que escoges y lo que heredas

Abril Castillo
3 min readDec 1, 2019

De niña mi abuelo nos daba cincuenta pesos de domingo, hasta que mis papás le pidieron no hacerlo porque nos íbamos a drogar.

Los domingos desayunábamos en Sanborns y al final del desayuno mi abuelo nos invitaba dulces y chocolates. Mi ermano y yo comprábamos enjambres de chocolate blanco. A veces yo compraba trufas, que sabía que le gustaban a mi mamá.

En Sanborns mi abuelo me llegó a comprar un par de veces relojes. Recuerdo uno Timex negro, con luz y resistente al agua.

Una navidad mi tío el Niño me regaló uno de una marca que ya no recuerdo pero era grande y digital. Con la correa de tela. Lo usé para ir a correr mucho tiempo. Hasta que se le acabó la pila. Otra navidad me regaló uno Nike blanco.

No he tenido tantos relojes en mi vida. Tampoco soy mucho de usar anillos. Todo lo que traigo en las manos me lo acabo quitando y lo pierdo. He perdido cientos de anillos. Nunca he perdido un reloj.

Recuerdo un reloj Casio del abuelo. En mi mente es negro y digital. Pero pudo ser plateado. Voy a Sanborns a comprar Kotex y al pasar por los relojes me quedo prendada de una serie vintage de relojes Casio. Hay negros, dorados y plateados. Los tres son idénticos al del abuelo, pero el que a gritos me hace recordarlo es el dorado. Además incluye una cajita de lámina donde dice que se conmemoran como cincuenta años de su primera edición. Todos los relojes tienen descuento. El dorado es el más caro, pero cuando lo veo no puedo dejar de ver a mi abuelo. Me llevo ése y uno negro de una marca genérica, sin luz ni cronometro. El dorado lo tiene todo.

Una vez Rox me pidió ayudarla a redactar unos textos para una revista especializada en relojes. Yo no sé nada de relojes, le confesé. Me dijo que no importaba, que solo leyera las descripciones de cada reloj y ensalzara cómo tener uno cambiaría tu vida. Usa muchos adjetivos y piensa en el reloj como ese objeto íntimo y del lujo que siempre te acompaña.

Cuando se murió la abuela, encontraron en su reposet un reloj enterrado en el asiento. La abuela guardaba allí lo que necesitaba tener a la mano. También tenía la costumbre de esconderse Kleenex en la manga del suéter, algo que hace unos días le escuché a un señor narrar que hacía una monja de la que estaba enamorado cuando era niño. La abuela era como esa monja. Al señor le pareció algo muy elegante, guardar ahí su pañuelo.

Heredé el reloj de la abuela. Antes de dármelo, mi tía María le puso una pila nueva.

Lo usé muy poco, pero lo guardé en mi cajón junto con el último bordado que la abuela no pudo terminar. Ya estaba débil y las manos le temblaban mucho, pero una de las últimas veces que la fui a ver a Mazatlán, se animó y me pidió que la ayudara a juntar los hilos. Los enrollamos y guardamos juntos: naranja, azul marino y azul claro.

Llegando del Sanborns le hablé a mi mamá para contarle de los relojes Casio y del que me había comprado: Es como el del abuelo, le dije. Pero si tú ya tenías un reloj de la abuela, ¿para qué quieres otro? Me compré dos, le contesté. Me puse uno en casa muñeca y le mandé las fotos. Tu abuelo en la vida habría usado un reloj así, está horrible, dijo refiriéndose al dorado.

Cuando volví a recordarlo pensé que el suyo era en realidad negro. Que el abuelo no usaba oro. En mi familia prefieren la plata, pero no para un reloj. Yo ni relojes uso. ¿Por que me habrá recordado al abuelo?

Le dije a mi mamá que tenía ganas de tener mi propio reloj, mi propio tiempo.

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Abril Castillo

miope e hipermétrope al mismo tiempo pero en ojos distintos