(48/52) A mí sí me gusta la Navidad

A la mamá de mi amiga Daniela le gustaba sentarse por horas en su sala a ver la serie de luces de colores recorriendo su árbol de Navidad. Compraba un pino grande que olía hasta el pasillo común de los cuatro departamentos, y a veces entrábamos y estaba la luz de la sala apagada pero la del árbol prendida y ella hipnotizada viéndolo.

En mi casa estaba prendida la de la casa, siempre: la del escritorio de mi mamá, que tenía una pantalla rosa y alumbraba con una luz más cálida de lo normal.

Mis papás no eran muy fans de poner el árbol de Navidad. Esa tradición perduró cuando se divorciaron. Una vez luego de mucho insistir fui al súper por un pino y lo adornamos el mero día en el segundo departamento en el que vivimos en Copilco, antes de irnos de ahí para siempre.

La Navidad la pasamos siempre, cuando era niña, en casa de la Rosca, la hermana de mi abuelo. El árbol que ponían era gigantesco, también había un nacimiento y miles de regalos. El tío Eduardo hacía un pavo delicioso, la abuela un bacalao que cada año aprendí a que me gustara más (el secreto está en comerlo con muchas papas al principio hasta que año con año le agarras el sabor, me decía mi tío Pepe), romeritos que hacía Delfi y a veces salmón que llevaba la tía Carmela y que a mi me daba asco por el color hasta que un año lo probé.

Hace dos años que no ponía árbol en mi casa. Ahora estoy en una nueva casa luego de diez años en la misma, en Vértiz.

El primer año en Vértiz, tenía muchas ganas de tener un árbol. Le conté a Santiago y me dijo que compráramos uno. Aunque no vivíamos juntos fue nuestra primera compra juntos. Nos hicimos de uno pequeñito de plástico. Unas series cortas, esferas rojas. Luego recordé que tenía varias esferas hermosas que había comprado con el Pixi en Tlalpujahua cuando nos invitaron al festival Mórbido en 2009. Vimos en un teatro el piloto de The Walking Dead. Compramos esferas porque era el pueblo de las esferas. Habíamos ido a presentar El Morbito, el periódico de literatura sensacionalista para niños que hicimos por dos años juntos. Le regalamos unos ejemplares a la dueña de la tienda de esferas y los encargados los usaron para envolver las que compramos cuando las pagamos. La caja donde las guardo aún tiene esos Morbitos despedazados.

Ayer en la noche pusimos el árbol en la nueva casa. Al fin vivimos juntos. Los gatos trataron de tirar el árbol reconociéndolo. Hay esferas de radio antigua, de mujer inuit, de un faro, decoradas con chispas y con desniveles. Estoy sentada en mi sala hipnotizada viéndolas y Santiago acaba de entrar. Hay muchos regalos abajo que no sé qué son porque este año van a ser sorpresa.

– Mis papás siempre odiaron la Navidad – le conté a Santiago.

– ¿Y tú?

– No. Yo nunca. A mí me encanta la Navidad.

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miope e hipermétrope al mismo tiempo pero en ojos distintos

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Abril Castillo

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