[5] (01/52) Línea uno

Abril Castillo
3 min readJan 7, 2022

Un hombre pregunta en un acento o en otra lengua algo que no entiende. No habla ella, solo lo escucha. Él repite y repite y repite hasta que grita. En el grito entiende: Línea uno. Ella señala con el dedo para allá, asiente. Él se va corriendo escaleras arriba, en un enojo desesperado. Ella tampoco habla catalán. Ese puente mínimo donde ambos se encuentran no es la lengua materna de ninguno de los dos. No lo piensa mas y se sigue al andén. Lleva ya dos meses aquí.

Desde que llegó se siente vista desde fuera como la protagonista de una aventura de Mr. Bean.

Una mimo con tenis grises para correr maratones que solo ha usado en casa. Y ahora para caminar en una semana más de lo que recorrió en dos años. Usa una chamarra gorda que parece sleeping y compró por casualidad en El Paso meses antes del primer confinamiento. Nunca pensó que fuera a usarla. Tiene un peluche en el gorro que a veces le da pena, pero que más da. Trae la misma mochila amarilla de siempre que compro en 2016, donde guarda libros, una botella de vino, su pasaporte y cartera.

No pronuncia palabra. Lo que hace a un mimo tal es su silencio. Habla con el cuerpo.

El metro va vacío y siempre encuentra lugar para sentarse. Leería en los trayectos pero teme perderse. El cartel es interactivo y los foquitos rojos indican la estación en turno. Mira y sigue la luz que avanza. No se sabe los nombres de las estaciones ni entiende lo que la voz femenina de la grabación dice en catalán. Podría ser francés o portugués o un español dicho en un susurro.

Llega a su destino y la puerta no se abre. Mira a su alrededor nerviosa y desesperada. Un tipo alto llega corriendo por fuera y algo toca, su puerta milagrosamente se abre y ella sale disparada.

La siguiente vez por dentro mira a los otros en cada estación. Hay que tocar un botón o jalar una palanca. Se para nerviosa junto a la puerta cuando está por llegar. Pisa el botón ahora sí y nada. Otra vez y nada.

Sus piernas parpadean. Mira a todos lados, atrapada. Da saltitos en su lugar sin despegar los pies del piso. La boca extrañada y ausente bajo el cubrebocas. Las manos agitándose como si se sacudiera agua. El corazón se le sale.

¿Por qué no se abren?, gritan sus ojos.

¿Nadie más se da cuenta?, dice su cuello que hace girar la cabeza para allá y para acá, nadie la mira se vuelta, los ojos del resto de pasajeros puestos en sus celulares.

¿Nadie más quiere salir?, querría preguntarles, pero está muda. Muda del miedo, de la pena, de la confusión. El tiempo se agota. En pocos segundos el tren seguirá su marcha, cambiarán de estación.

¿Y si llega al final de la línea y ya no queda nadie? ¿Cómo entran los que entran y cómo siguen los que se van?

Nadie llega a ValldAura. Casi nadie a Horta. Menos aun un martes a las once de la noche. Y en México y en su corazón apenas es de tarde. Ella no duerme de noche y casi no come, no entiende bien cuándo ni qué comer y sobre todo dónde.

Que se abra la puerta, que se abra ya. Pica y pica el botón y nada.

Una señora de unos ochenta años se le pone al lado. El botón tiene alrededor un círculo de luz apagado que solo distingue como foco al momento siguiente en que se enciende de verde.

La vieja le dice dulcemente: Ara. Y ella le da replay en la cabeza. Le dijo: Ahora. En ese instante vuelve a tocar el botón.

Las puertas se abren.

Desciende.

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Abril Castillo

miope e hipermétrope al mismo tiempo pero en ojos distintos