(50/52) Luces de cristal

Abril Castillo
4 min readDec 31, 2019

Estos días que estuvieron más tranquilos, al fin encontré el estado mental para leer sin tener que hacer otra cosa.

Me leí completo el de Grados de miopía de Andrea Chapela. Me encanta el inicio donde habla de su obsesión por la química del vidrio y los espejos, y de cómo creció en una casa de cristal. Disfruté mucho cuando habla de ciencia y los científicos que vivían en su casa, que también eran sus padres. De cómo quiso ser química y luego mejor escritora. Hacia el final extrañé más de su historia, pero viví con pasión a su lado todos los datos que encontró sobre la luz y los prismas. Aprendí mucho de temas que en la secundaria me pasaron de noche. Y en la oscuridad, dice Chapela, los colores no existen.

Idalia me contaba el otro día que cuando ella era chica y quería que su abuela le leyera las cartas, su abuela le decía que qué le iba a leer: que hacía falta que viviera más cosas.

Tal vez el último capítulo de Grados de miopía es ese puente hacia la vida adulta antes de que se craquele el cristal. Porque no basta con romperlo, hay que esperar a que se rompa solo, como ese experimento que describe Andrea. Un libro hermoso a nivel científico, metatextual, ensayístico y autobiográfico.

Leí el final de La mujer singular y la ciudad de Vivian Gornick. La historia de su matrimonio con Stefan, un pintor con el que redecora todo el nuevo departamento que juntos habitarán. Da cuenta de todos los roces que tienen mientras pintan las paredes, arreglan cada cuarto. Tres cuartos tiene ese lugar: uno para Vivian, otro para Stefan y otro para ambos. Cuando él le ayuda a poner los libreros en el estudio, le sugiere a Vivian que mezclen sus libros, pero ella le dice que no. El tiempo siguiente, Stefan lo pasa callado, dolido; pero ella no se arrepiente de su decisión. Cuando llega el fin de semana, Vivian le pide que salgan el domingo a pasear. Pasear los domingos es de burgueses, nosotros somos artistas y yo quiero tener todo el día para trabajar, le dice él. Ahora ella se distancia y en el tiempo siguiente que toca ahora arreglar el estudio de él, ella no lo ayuda; sólo lo mira desde la cocina, mientras se prepara ella un té, y él pinta y mueve y deja listo el lugar donde más adelante destruirá todas las pinturas que intenta hacer y no le salen.

Pero, sabes qué, creo que esto viene en el de Apegos feroces, que tampoco había terminado de leer y que también me di estos días. Lo malo de leerlos a la vez es que ya se me mezcló dónde viene qué.

Al reacomodar en el librero el libro de Gornick, me encontré con un volumen bastante gordo de ensayos personales en inglés, antologado por Phillip Lopate. Me senté en el comedor y busqué ensayos de mujeres, pero en toda la antología, sólo vienen como cinco. Leí el de Natalia Ginzburg, aunque al principio me sentí un poco ridícula, porque pensé que ella escribía en español; luego leí que era italiana, así que ya daba igual leerla en inglés.

El ensayo, que me pareció más bien un relato autobiográfico (me encanta que igual no haya tanta diferencia), se titula “He and I”. Habla de su esposo y todo el tiempo hace comparaciones entre los dos. A él le desespera todo lo que ella hace y, aunque ella no lo dice, a ella le desespera todo él. Ella preferiría no salir mucho de casa, a él le encanta salir a pasear por pueblos cercanos; le da el mapa pero ella siempre se pierde, y él se frustra con su incapacidad de leer mapas, de llegar a lugares. A él le encanta ir a conciertos, en los que ella se duerme. A ambos les gusta mucho ir al cine, pero él siempre se quiere sentar hasta adelante y, si van con amigos y los amigos se quieren sentar más atrás, ella no sabe con quién sentarse; prefiere sentarse más atrás, pero sabe que si no se sienta con él, él se enojará. Ella nunca se acuerda de las caras ni nombres de los actores, y a él le parece inconcebible que no reconozca al Brad Pitt de su época, sólo porque trae el pelo de otro color.

En alguna parte en medio del relato, ella rememora cómo se llevaban cuando eran jóvenes. Se entiende que en este ensayo, ella narra ya desde la temprana vejez. Se acuerda cómo antes de ser novios y menos esposos, de jóvenes eran amigos. Y cómo una vez iban caminando juntos de tarde por la Via Nazionale, él la acompañaba a casa. No recuerda bien de qué hablaban, pero recuerda cómo no sentían nada de lo que sienten ahora el uno por el otro.

En el último párrafo, Ginzburg cuenta que cuando le pregunta a su esposo si se acuerda de ese día, él siempre le dice que sí, aunque ella sabe que miente. Ella atesora ese recuerdo con cariño y curiosidad: dos jóvenes intelectuales, dulces aún en sus tratos y en su proceso de conocerse, hablando de nada y de todo, cruzando la avenida más grande, listos para despedirse para siempre el uno del otro justo al cruzar la cuadra, mientras el sol se ponía en la ciudad.

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Abril Castillo

miope e hipermétrope al mismo tiempo pero en ojos distintos