(51/52) Algo viejo y algo azul

Abril Castillo
3 min readDec 22, 2020

Estoy moviendo otra vez muebles. En la mañana vi como si fuera la primera vez un radio con iPod que está en la barra de la cocina. Es un aparato súper viejo, debe tener por lo menos diez años pero no lo había usado desde hace más de cinco. En esta casa nunca, excepto cuando la alarma se activaba y no supe cómo quitarla y lo desconecté. Hace unas semanas no encontraba la pimienta y aunque removí todo jamás la vi, hasta más tarde; no había desaparecido pero mi cerebro fue como si apagara el receptor de reconocimiento. La veía pero no la veía, estuve angustiada todo un día y me comí mi huevito mañanero solo con sal. Al acomodar y limpiar, Sofy la había movido a otro estante y aunque la busqué también ahí, eso bastó para desconocerla. Me llenó de miedo tener las cosas tan enfrente y no verlas. Me pasa casi lo mismo con todo lo que se vuelve muy habitual, como el radio: verlo tanto que lo dejo de ver. En el prólogo al libro de Destinario que hace unos catorce años publicamos con El Ilustradero (en su época dorada), Daniel Goldin hablaba de la magia que ocurre cuando nos desviamos solo un poco de lo cotidiano, como cuando el mundo se vuelve habitual y la rutina se instala, dejamos de ver la maleta en la entrada o la grieta de la pared. Basta un temblor o una nueva luz proveniente del foco nuevo para ver las cosas con otros ojos.

Esta mañana conecté las bocinas-radio y cargué el iPod que Mario, mi ex socio, me regaló (idéntico a otro que le dio al Pixi) por ahí de 2009. Pensé que ya es hora de regalarlo, pero antes quería visitarlo por última vez. Tardó media hora en prenderse y repasé las pocas apps que tenía (angry birds, ahí jugué ese juego por primera vez; cut the rope, otro jueguito que también me presentó el Pixi). Vi mis notas y solo tenía once, bastante azotadas de ese momento, como si hubiera sido una adolescente hace diez años, me dieron ganas de decirme: esto pasará, estarás bien. Pero hay sucesos de esas notas que me siguen atormentando a veces. Tal vez en diez años más realmente me valga por completo. Y luego entré a la música y estaba la de Clap your hands say yeah, la del silbidito, así que la puse. Lo chistoso es que no logré que las bocinas conectaran con el sonido, y la canción solo sonó desde la propia bocina del iPod. Luego recordé lo mucho que oímos en esa época el soundtrack de 500 days of summer, por una obsesión que empezó en el Pixi y que pronto nos contagió a todos en la oficina. Es que en esa época tuve mi primera oficina, el primer sueño vuelto realidad de hacer un estudio con amigos; Pixi, el mejor de todos. Reordené el soundtrack en el orden en que el Pixi nos lo había pasado porque era ese el orden de mi memoria; un orden que hace que cuando toca una canción y termina, tu corazón sepa cuál sigue. Escuchaba ese soundtrack en 2009 tan enamorada de Santiago, que no me hacía caso y yo me moria por estar con él, tener esta vida que tenemos juntos.

Y vuelvo a decirme: mira como todo salió bien. Y pienso que escucharé de corrido por última vez esas canciones en ese orden perfecto, para sentir por última vez mi infelicidad e ilusión pasada, y luego volver en mí y saber que todo salió bien. Y regalar el iPod. Y reordenar este caos de muebles, objetos y recuerdos pasados que ya no necesito. Ahora estoy aquí.

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Abril Castillo

miope e hipermétrope al mismo tiempo pero en ojos distintos