(51/52) Postales

Hace un año estaba en la playa sentada, aguantándome el frío y escribiendo postales de lo inmediato. Una amiga de Oaxaca me había pedido llevar unos libros para unos amigos suyos de allá. Me tardé más de un mes en entregarlos porque uno de los receptores resultó ser Manu Chao, y la otra, su manager. Era muy difícil coordinarme con ella, ni sabía que era la manager de Manu Chao. A mí me da igual Manu Chao, la verdad, pero ella (la manager y mi amiga), asumían que era un gran honor conocerlo. Pero mi amiga escritora me cae muy bien y quería hacerle ese favor que a ella tanta ilusión le hacía.

Spoiler alert: no lo conocí. Vi a su manager luego de muchos rodeos de semanas, en un huerto de barrio. Para llegar tenía que tomar la línea amarilla del metro de Barcelona, que me quedaba bastante desconectada de las líneas que quedan cerca de mi casa. En metro hice unos cincuenta minutos y llegue al huerto a entregar los libros. Me moría de hambre y sali de ahí tan rápido como pude, expulsada en parte por un comentario sobre cómo los europeos ayudaban a los mexicanos con sus derechos humanos y algo de que Manu había salvado Oaxaca.

Fui a macdonalds por un macdesayuno pero ya pasaba de mediodía y me compré una hamburguesa con queso de cabra. Siempre me sorprende cómo esa marca global adapta sus recetas a cada rincón de la Tierra. Acompañé con papas bravas y un gazpacho de botella, y me senté a comer con vista al mar. La mesa se llenó de aves: palomas y gaviotas se dan un quien vive constantemente por comida en toda la ciudad.

Caminé hacia la playa acabando mi comida y me senté en la arena frente al mar. Leí un buen rato El amante de Margarite Duras, y en la noche vería en las stories de Instagram cómo María, mi amiga del master, estaba en esa misma playa leyendo el mismo libro (leerlo era una tarea escolar), pero más allá de donde estaba yo; la playa estaba llena de gente a pesar del frío.

Saqué las postales que tenía en la mochila y me puse a escribir con bolígrafo. Aunque ya me había vuelto aficionada a Muji y sus plumas de gel, pensé que la tinta de una pluma normal podría aguantar más los embistes del correo postal y si es que alguna se mojaba. De esa tarde recuerdo nítido haber estado sentada ahí con mi mamá, con Santiago, con Idalia, con Majo y con Ale Espino. Recuerdo lo que les decía en cada postal porque también recuerdo que me di cuenta que en una postal solo puedes hablar del presente, pero en un tono distinto a como hablas del presente en un mensaje de texto o un mail o un tuit. Empecé a describir la escena y la emoción que justo en ese instante me atravesaba. Quería capturar un segundo que pasa rápido y que nunca volverá a ser igual.

Les contaba de un grupo de argentinos jóvenes sentados a mi lado o cómo no alcanzaba a oírlo todo más que su acento. Hablaba del frío en mis manos y del sabor de la hamburguesa que aún tenía en la boca. De una señora que trazaba una línea de aves en el horizonte porque alimenta palomas y gaviotas. Gente sin zapatos tocando la arena con los pies pero con chamarra. También hablaba del futuro y del deseo de volver a verlos en unos meses más.

Es cierto que la escritura es una herramienta de la memoria. Ese registro constante al que la yo del futuro puede volver. También es una disciplina escribir cada domingo, que a veces se vuelve lunes, como hoy. Y así pasan de golpe cinco años.

También lo he estado pensando mucho, Rat. Y pienso si esta práctica cotidiana que disfruto y ya no me cuesta trabajo (como dicen que pasa con todo lo que termina volviéndose rutina) debería más bien seguir hasta el infinito, y sumado a ese ritmo ir incorporando más cosas.

Como los malabaristas, que una vez que saben equilibrar tres o cuatro bolas (nones y pares) pueden ir sumando cinco o seis, siete o diez. Tiene más que ver con la coordinación y el balance que con la velocidad.

Desde el martes otra vez Tomás no me habla. ¿Cuántos meses durará su silencio esta vez? Ser su ermana se siente como un constante caminar en un campo minado; si reacciono distinto a como él quiere o digo algo de bote pronto, implota y se convierte en una partícula de polvo que no sé cuándo el viento traerá de regreso.

miope e hipermétrope al mismo tiempo pero en ojos distintos

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