(51/52) Segundo desayuno

Abril Castillo
3 min readDec 26, 2021

Para evitar empezar a tomar desde temprano me ha ayudado tener dos desayunos o un desayuno y un almuerzo. El primero a primera hora de la mañana, ocho, nueve o diez, que consiste sólo en un pan tostado con aguacate, un yogurt con fruta y granola, un café con leche. El segundo puede ser más rotundo: huevos con jamón o tocino, una quesadilla o sándwich, otro café. Lo determinante es el café al final, así el almuerzo definitivamente no es comida y no lo acompaño con vino.

Recién llegue a Barcelona, salí a comer con el capi. Me ofrecieron vino pero yo de ahí tenía que irme a clase. En vez de decidir yo sola, lo mire, como imagino hacen muchos alcohólicos intentando que alguien más los contenga, preguntando con los ojos: ¿nos tomamos una? Él pidió agua y me dijo que sí cuando le pregunté si creía que era un error pedir vino a medio día, sin haber desayunado y antes de ir a mi segunda clase. Pedí agua y al final un cortado en vez de postre. No soy mucho de postre y en el fondo ese era mi desayuno-almuerzo.

Cuando logré evitar beber vino en la comida sufro mientras como, pero siento una extraña felicidad ya después, parecida a haber dado tres vueltas en los Viveros o haberme levantado antes de las ocho sin despertador.

Al principio de la pandemia acababan de quitarme la tiroides y no bebí por semanas ni gota de alcohol. Veía amigos pasando el rato con chelas y cócteles y me alegraba de no depender de nada para pasar el tiempo. Incluso tuve cabeza para ordenar más de doscientas notas de celular. Como tenía días libres por la recuperación, sentí que todo sería posible, sacaría adelante todos mis proyectos. Luego empecé a comer con vino y mis súper poderes fueron menguando, así como mi ánimo de querer hacer nada. Y no todo era culpa del vino, evidentemente estar encerrada dos años y medio no ayudó.

Ahora veo que lo que más me cuesta es el mediodía. Si me engaño y almuerzo pesado antes de las dos, puedo aguantar hasta las seis o así para comer y ahí si tomo vino no importa tanto porque tomo menos y ya acabé la jornada.

También es cierto que si estoy todo el día en la calle, no me dan tantas ganas de tomar y de noche llego tranquila. Excepto estos días que mi jornada termina por ahí de la una de la mañana en lo que le hablo a mi mamá y al ticher. Ahí muchas veces tomo para seguir despierta y que luego me dé el bajón y dormir como bebé, libre de angustia.

Hasta las cinco de la mañana que me despierta unas palpitaciones e ideas que no se callan. Leo en Bookmate algo, juego chefcita, respiro. A veces nada basta y necesito un tafil para dormir unas tres horas más.

Hoy desayuné a las doce y media. Igual y a las cinco me hago una ensalada y solo si tengo mucha hambre, algo de cenar que sea digno de maridar con un vino.

Estoy ordenando mi cuarto y poniéndome al día con clases a las que tuve que faltar. Me gusta poder hacer actividades donde de fondo escucho a alguien hablar. Marilena habla sobre Natalia Ginsburg y al escuchar la historia de una vida entera, parece que todo es posible, algo se calma.

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Abril Castillo

miope e hipermétrope al mismo tiempo pero en ojos distintos