(52/52) Catán

Abril Castillo
7 min readDec 30, 2021

Ayer fue cumpleaños de Julián. En esta casa vivimos siete personas, ocho si contamos a Sergio que entra por la misma reja principal, y que tiene una cabañita allá atrás, cruzando el jardín, con gallinas, un huerto y un tendedero donde a veces también nosotros colgamos las sábanas y que da a una calle donde se entiende mejor cómo Horta está hecha de desniveles, como si fuera un río. La casa termina en unos arcos de concreto que me recuerdan a Morelia, también la calle de abajo que se abre en tres vertientes distintas. Hay un parque con mesas de ping pong y juegos para niños, y jardines y una vista desde abajo hacia montañas y casas que parecen sacadas de un mundo paralelo.

¿Estoy viviendo dos vidas?

Tres habitantes han tenido COVID desde que llegué. No sé cómo o por qué la he librado. El jueves pasado me puse la vacuna de refuerzo. Ayer Santiago se la puso también en México. Ponérmela aquí en Barcelona implicó un mes y medio de trámites sin descanso. Me pusieron la Moderna, a Santiago la AstraZeneca (nunca sé bien cómo escribir AstraZeneca: AztraSeneca, Astra Zéneca, Hastra Ceneka). A mí sólo me dolió el brazo esa noche. Santiago ayer se sentía tan mal que me dijo que se iba a dormir, que estaba raro, como zombie, con un ligero dolor de cabeza.

Tengo insomnio y un descontrol del sueño casi diario. Algunas madrugadas me obligo a no prender la luz, ni ver el celular, ni abrir los ojos. Intento dejarme caer en un hoyo negro, un torbellino como pozo que hago intentando no pensar en nada, veo todo negro, me rindo a esa oscuridad, y a veces funciona.

Rata, ¿leíste el libro de Ensayo sobre la ceguera? En la prepa lo leí y recuerdo no haber entendido bien el final. ¿Por qué la mujer que jamás pierde la vista se llama Lucía? Le pregunté a mi amigo el Osito y me dijo que era un simbolismo, Lucía como luz. Así se llamaba también su hermana, la del Osito. Pensé que por eso habría entendido mejor el final de la novela. No entendí mucho entonces. No entendía la importancia de su nombre y tampoco esa escena donde mira al cielo y ve al fin blanco como todos los demás y piensa: “Al fin me sucede”. Y luego la luz pasa de largo y fue solo un rayo que le pegó de frente, momentáneo.

He evitado el COVID este tiempo, al principio voluntariamente, encerrada dos años. Luego empecé a viajar, a salir. Viví dos meses en el piso de arriba del área de COVID en Cardiología, al médico de mi mamá le dio, estuvo con nosotras. A ti te dio, rata, y estuvimos juntas ese día sin mascarilla. No sé si me siento elegida o excluida. Si algo estoy haciendo bien o mal. Si soy el burro que tocó la flauta o ese árbol que se cae en un bosque solo y nadie sabe si el sonido existe o no.

A Julián y a mí no nos ha dado COVID nunca, somos los únicos.
¿O me habrá dado y nunca me enteré? Ese es el sueño de todos.

En noche buena y navidad, y ayer antes y después de cenar en su festejo de veinte años, jugamos Catán, un juego de mesa parecido al Turista Mundial, al Monopoly y a esos juegos de celular sobre estrategia, que Santiago juega tanto pero yo no entiendo bien. A Julián también le gustan esos juegos. Catán tiene un tablero hecho de piezas hexagonales que son materias primas: lodo, madera, trigo, piedra, ovejas. Cada jugador hace su poblado en la intersección de los hexágonos, así tienes por lo menos dos o tres materias primas. Cada hexágono tiene un número que se le asigna random cada vez, así que al tirar los dados a veces te toca recibir tarjetas de tu materia prima. Esas tarjetas son la moneda de cambio para ir haciendo caminos, poblados, ciudades. Gana quien llega a diez puntos. Hay un desierto donde nadie quiere tener poblados, ahí vive un mariachi muerte, que pusieron para colocar sobre el territorio cada que los dados marcan un siete. El siete paraliza un lugar, si te sale ese número aunque seas dueño de él, y no te pagan materia prima hasta que la peste haya pasado. El siete también provoca que quien haya acumulado más de siete cartas de materia, deba dar la mitad a la reserva. El siete es un ayuntamiento que viene a cobrar impuestos, una desgracia natural: un huracán, temblor, enfermedad.

Yo nunca he ganado en Catán. La primera vez que jugué no entendía nada. Gris me calmó y me dijo que es normal sentir mucha frustración. Cuando iba a poner un poblado en algún lugar que dañaba la estrategia de otro, prefería quitarlo. Se reían todos de mí y me decían que siguiera yo con mi propia jugada. La primera vez incluso, solo al empezar, ya quería dejar de jugar. Quería irme llorando al cuarto, pero me quedé y me tragué las lágrimas. Recordé a mi papá la primera vez que jugué futbol rápido diciéndome que para no salir volando metiera bien el cuerpo, me plantara bien sobre mis pies.

Hemos jugado ya más de cinco veces y aún me cuesta seguir con mi jugada si veo que alguien quiere ese vértice más que yo. Cuando igual sigo adelante, pido perdón. Y Julián cada vez se ríe de mí y me dice: “Perdonada”. Muchas veces cuando jugábamos futbol en el Ajusco iba haciendo mis jugadas y pidiendo perdón a las que me iba burlando, perdón si metía yo el gol en vez de mandar el pase. “Ya deja de pedir perdón por todo”, me dice desesperado Tomás. Yo también me desespero.

Me cuento la historia de que podría ganar juegos excepto que no me gusta ver la tristeza de otros al perder. Como cuando jugábamos squash con mi papá y Tomás se frustraba más y más y yo bajaba mi ritmo. ¿Era en serio así o me desconcentraba y simplemente perdía por mala yo, sin más?

Ayer pasé el día con el capi y su hijo. Llegué siete minutos tarde, según me hizo saber Leo. Me disculpé y le dije que tenía un problema de puntualidad que estaba trabajando. Caminamos por la playa, subimos una cuesta muy empinada, vimos la ciudad entera desde lo alto de Montjuic. Recordé a Itzel y nuestro viaje acá hace veinte años. Bajamos por una escalera eléctrica la montaña, tomamos el metro y cronometramos el tiempo que nos llevaría llegar a casa. Yo aposté que doce minutos, el capi, que quince. Leo cronometró el tiempo de andén a andén y decidió no aventurar una cifra porque él más bien haría de juez. Hicimos doce minutos y medio. Si en realidad sé calcular el tiempo, ¿por qué otra razón será que siempre llego tarde? En su casa comimos lasaña hecha entre padre e hijo. Dibujamos con un espirógrafo. Jugamos Fantasma bliz. Comimos panetone y vimos un programa de animales absurdos en Netflix. Agradecí el día, tomé mis cosas, me fui.

Caminé sin rumbo hasta llegar a una plaza que bien podría haber estado en México, en un cruce de caminos entre Coyoacán y San Ángel. Platiqué con mi mamá sobre mi día. Recibí fotos del bosque de Lilian y le envié una del sol poniéndose. Seguí el atardecer a mi derecha y caminé una hora sin mirar la brújula ni el celular, siguiendo el sol que desaparecía, en dirección al poniente.

Mis líneas de la vida en mi mano izquierda dibujan un hueco al separarse en dos: una misma línea se vuelve dos paralelas, que se acompañan un tramo y luego una termina y otra empieza. La bruja que me leyó la mano de niña me dijo que iba a tener un cambio importante en el rumbo, empezaría una vida que luego se volvería otra. Como una vida subterránea que va cuajando mientras la otra sigue. Me dio miedo a los nueve años escuchar eso: ¿sería una enfermedad, una muerte? “Tal vez solo es vida”, me dijo, “algo nuevo que se crea y que no conocías”. Una va persiguiendo la luz, la vida, el sol. Un camino siempre hacia el poniente.

La doble vida de Verónica y el libro de la rata.
Tener dos celulares e ir dejando de usar uno.
Estar aquí para no sentirme partida en dos.

¿Por qué no puedo dormir?
¿Por qué todo el tiempo hago cuentas
para saber qué hora es ahora mismo en México,
saber la hora cuando ya nadie duerme
y poder romper el silencio?

Cambié de rumbo, me propuse caminar una hora y media hacia la casa y de camino encontré la biblioteca de Lesseps y entré. Leí en catalán la biografía de Carmen Laforet en una exposición temporal que tenían en la entrada, sentí que entendí casi todo. Busqué el libro de Nada, que trata de una estudiante que llega a vivir a una casa con una familia en Barcelona. Estaba prestado a causa o gracias a esa misma exposición.

Subí a explorar el espacio, todas las mesas estaban llenas de estudiantes. “Aquí sí podré concentrarme”, pensé, solo que no traía mi computadora ni libros ni nada. Encontré una novela gráfica sobre la vida de Giorgia O’Keefe ilustrado por María Herreros y, en la única banca libre que encontré, la leí de principio a fin.

He leído pocos libros enteros y de principio a fin este año. Una noche, Cuerpo extraño de Jazmina Barrera. Una madrugada, Y eso fue lo que pasó de Natalia Ginzburg. Un domingo de confinamiento, La pulsión autobiográfica de César Tejeda. Hay otros por los que transito muy lentamente, en cambio. Leo cinco libros a la vez, voy terminando ninguno. Algunos se quedan con un marcador entre sus páginas para siempre y aún así hay partes de ellos que nunca olvido.

El libro sobre Giorgia O’Keefe fue como llevarme puestos unos tenis que recién compré, dejar los viejos ahí. La paz que da sentir una vida ya completa, verla desde lejos, como galaxia. Como si no hubiera podido ser de otra manera.

Empecé a seguir finalmente el mapa, con la regla autoimpuesta de que si encontraba un metro verde, entraría. Me metí en el río en Vallcarca y llegué a casa en menos de veinte minutos. Mis pies ya no daban para más. Abrí la reja, la puerta de la casa no estaba cerrada y saludé al entrar. En la cocina me esperaban Julián, Rubén y Gris, listos para empezar la reta nocturna de Catán.

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Termino aquí el cuarto año del 52 week writing challenge que hemos llevado la rata Idalia y yo. Este año se sumaron Majo, Ale, Ceci, Edna, Abril, Mariano, Laura, Yamila y Xanic.

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Abril Castillo

miope e hipermétrope al mismo tiempo pero en ojos distintos