(52/52) El agua a punto de llorar

Jimena me regaló un té de canela en la FIL. Me dijo: no te lo tomes ahorita sino en un momento especial, es un té muy rico. Nos encontramos en el pasillo entre Alemania y Francia. Me dijo que estaba bien estar enojada; venía yo enojada porque un viejo amigo me acababa de pisar y luego hacer la barba. Le dije a Jimena que ya no quería estar enojada y desconfiar. Ella me dijo que no reprimiera mi enojo, que no hay emociones malas o buenas. Luego nos fuimos a comer con más personas al Carnal.

En ese viaje que duró diez días pasaron tantas cosas que siento que estuve allá mucho más. No me dio el té ese día ni cerca de ese momento. Pero si en esa era del retorno, donde volví a ver a muchos amigos ahora con el pelo más largo o más corto, con más arrugas y muchas historias. No recuerdo exactamente cuando me lo dio, pero si que fue un momento en que revolvía Jimena su bolsa, y cuando salió el té me lo entrego, prometiéndome que era muy rico.

Acabo de recalentarme un poco de bacalao y me iba a tomar una copa de vino pero vi la hora y era la una y media. Pensé que un español se tomaría igual la copa con su bacalao, pero luego pensé que quería seguir leyendo y mejor no tomé nada. Como de niña, que mi mamá no nos dejaba tomar ni agua mientras comíamos, solo al final, para que la panza no se nos llenara más que del alimento. Si me descuidaba me podía tomar la jarra entera de limon o guayaba.

Qué hay en un alcohólico que siempre tenemos tanta sed, tanta necesidad de agua. Pensaba en si tomar antes de que llegara mi mamá el sábado de noche buena, y al decidir esperarla, sentir como si ambas entráramos juntas al agua al dar el primer sorbo de tequila o vino. No aguante y me tomé una copa de vino antes, en la comida. Solo una. Luego me metí a bañar.

Estoy leyendo Las deudas del cuerpo, quiero acabarlo. En una parte Lila le confiesa a Lenu que no le gusto nada su nueva novela (inédita), ni la anterior (publicada). Lenu se lo toma mal, como una forma de que su amiga quiere lastimarla. Lila le dice: “la cara repugnante de las cosas no basta para escribir una novela: Sin imaginación no parece una cara auténtica, sino una máscara”.

Para que algo parezca real debe tener un artificio bien manufacturado.

Me preparé el té y me senté a leer, antes me puse a escribir esto. La tetera aún no sonaba pero ya llevaba un rato en el fuego; recordé esa frase de mi tita que me decía que el té no se hacía con agua hirviendo, que había que apagar la lumbre un poco antes de que el agua empezara a llorar.

Antes de comer leí el horóscopo de Ludovica. Viene el año del conejo, todos seremos Alicias según esto. No me gusto leer sobre el futuro ni sus cursilerías. Quizá ya no lo vuelva a comprar. Mi mamá me contó que a mi edad se clavó mucho en el horóscopo pero con los años se le pasó. La rata creo que ya no disfruta tanto de Ludovica. Para mi hace rato que leí el libro fue sentir una angustia por lo que no ha pasado pero sobre todo por el pasado mismo que según hay que resolver en el futuro que me quede sin ganas de nada y me puse a leer conversaciones pasadas.

Luego comimos temprano y deseé seguir leyendo la novela, no asomarme al futuro. Dejar que me sorprenda.

Nos vemos en 2023.

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miope e hipermétrope al mismo tiempo pero en ojos distintos

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