[6] (01/52) Spoiler alert: Alicia en el País de las Maravillas

Abril Castillo
3 min readJan 24, 2023

Cuando no sé qué siento, veo una película. Me tardo en elegirla a veces tanto que al final ya no veo nada. Pero cuando la encuentro, me entrego a lo que de manera parabólica o casi oracular me digan esas vidas de otros personajes en los que me convierto por los minutos que dura esa historia.

Tal vez por eso veía tanto de niña Alicia en el País de las Maravillas (Disney, 1951). Le inventaba pretextos a mi mamá para volverla a ver, como que no había visto volar a los pajaritos. Y aprendí a usar la cassetera a los cuatro años.

La película empieza con unos stills de los escenarios que estamos a punto de visitar. Luego la animación arranca con un jardín lleno de flores y una niña que canta y mira al cielo acostada en la tierra. O quizá el verdadero principio –mi memoria seguro falla (y esa es la razón de volverla a ver y comprobar qué historia me cuento al modificar como es en realidad)– sea Alicia sentada en la rama de un árbol teniendo una corona de flores blancas con su gatita Diana en el regazo. Se presenta el escenario y estoy segura de que algo canta la niña. Hasta que aparece el conejo blanco para interrumpirlo todo, ese ensueño puesto en las nubes, un conejo con forma de nube, y corre atrás de él, así como una sigue sus pensamientos, hasta ese hoyo al que se entra como si fuera la propia mente, pero del que también se sale por primera vez cuando una nace. Alicia nace a sí misma en esa imaginación que ahí empieza. Entra o sale, según se vaya o se venga, y conoce todos los personajes que habitan en su mente: flores, unos hermanos gemelos, un gato que no es Diana, un limpiador de chimeneas, flores que la traicionan, incendios y esa nube vuelta conejo; la fiesta del té, el sombrerero Loco, un rey y una reina que promete cortarle la cabeza. Una mujer que la cuida está a punto de matarla y ahí ella nace de nuevo a la realidad.

Se despierta y se levanta del suelo y se va a casa con Diana. Alicia siempre estuvo ahí en el suelo, viendo las nubes se durmió.

Eso pasó en realidad. Lo demás es suyo, privado, difícil de entender para alguien externo. Porque: ¿quien es la reina y el rey en su vida real? ¿Por que si ella tiene una gatita dulce y silenciosa en el sueño aparece un gato siniestro? ¿Qué la hace sentirse grande o pequeña en la vida? ¿A quienes ha visto tomar té y cambiarse de lugar? ¿Qué es para Alicia el tiempo? ¿Quien está detrás de esa máscara de niña? ¿Quien era Lewis Carroll y qué momento de su vida estaba pasando cuando contó esa, que seguro era una historia muy personal y verdadera, dicha sin tapujos tras el cobijo de una niña que sueña sueños? ¿Será cierto que en nuestros sueños somos todos los personajes? ¿Será lo mismo al escribir ficción?

Era Michelle Petit la que una vez dijo que a los niños los reparan las historias porque fingen que hay un principio y un fin, un mundo completo. Cada noche (y cada vez que miramos una ficción) el orden del relato nos cura.

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Abril Castillo

miope e hipermétrope al mismo tiempo pero en ojos distintos