(47/52) Sitges

Abril Castillo
4 min readDec 12, 2021

Estoy en un rinconcito muy sabroso al lado del radiador. A mis espaldas hay un ropero enorme que logro tapar con mi cuerpo en las videollamadas. La luz es tenue y el techo muy alto, así que parece que estoy en la oscuridad aun de día cuando hablo con alguien. Pero la ventana de mi cuarto mide más que yo parada.

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Mientras escribía eso me entró una llamada y no pude continuar. Era 9 de diciembre y era medio día en Barcelona. Hoy es 12 y Facebook me recuerda que hace dos años estábamos presentando Tarantela en Casa Tomada. Hoy pasé el día en el mar. Visitamos Sitges y comimos patatas bravas y mejillones y vino blanco.

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Me compré unas sábanas de franela que tienen impresos muchos arbolitos. Recuerdo cuando el Ticher se burló de mi la primera navidad que pasamos de novios porque me acompañó por un árbol de navidad y me puse un suéter gordo y rojo con blanco. Me dijo: “Oye Santa Clos, sí que te gusta la navidad”. Y yo me reí y me sentí comprendida antes de yo misma comprenderme. No vivíamos juntos y apenas empezábamos a salir, pero Santiago me dijo que fuéramos al súper y me ayudo a comprar un árbol de a mentiras que los gatos tiraron y se rompió el año pasado, también luces y algunas esferas para completar una colección que me había hecho un mes antes en Tlalpujahua. El árbol quedó muy bonito. Todavía no nacían Parvana ni Aparicio. Me gustaba sentarme en la sala y ver las luces tintinear de noche como quien se acuesta a escuchar el mar.

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Ayer se murió el tío Eduardo, que cada año de mis años más felices de la infancia era el anfitrión junto con la Rosca del pavo más rico del mundo, y los días más felices de mi infancia en el pedregal de San Francisco, cuando mis abuelos, el duende y la navidad existía.

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Entre las sábanas de franela que pude comprar estaban estás de árboles y otras de rayas morado con beige. Me gustaron estas que tienen dibujos. Y pensé que es cierto lo que dice el Ticher, me gusta mucho la navidad. Las compré en el Corte inglés. Le conté a Oscar y me dijo que es un lugar de viejitas. Pensé que en mucho me siento como una. Y que es cierto, estaba muy lleno de señoras de la tercera edad. Me gusta estar rodeada de gente de la tercera edad. Así es que en Horta. El viernes fui a nadar y había pura gente en sus setentas u ochentas. Me recordó al Sport City de Miguel Ángel de Quevedo. Tenía más de dos años de no nadar.

Quería también comprarme un abrigo, porque no quería pasar las navidades en mis fachas. Y porque en un par de semanas voy a ver a Oyuki al polo norte, en Malmo. Vi un abrigo verde perico en Zara y me dieron tantas ganas de comprarlo en la misma medida que me sentí ridícula de usar un abrigo que me haría ver como un árbol de navidad. Otra vez pensé en el Ticher y mi viejo suéter de Santa. Pase de largo y no me atreví a comprarlo. Luego, cargada con las sábanas nuevas y unos cojines para tirarme a ver tele en la laptop camine todo paseo de Gracia entre una multitud que lentamente hacían sus compras. Yo tenía prisa por salir de ahí, pero quería un abrigo. Entre y salí del metro gastándome mi antepenúltimo viaje, y terminé en un Zara más lejano. Otra vez vi el abrigo verde y también uno azul vibrante. No me atreví. Me compré uno azul marino largo, que no cierra por completo.

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El tío Eduardo era cazador. También fue banquero. Le gustaban las cubas. Cocinaba delicioso y con mucha calma. Era muy familiar. Te recibía serio pero muy amoroso. La última vez que lo vi estaba en frente de la iglesia del centro de Coyoacán bajo un árbol. Se me quedó viendo y aunque no hablaba sentí que me reconoció. Me acerqué y me quede sentada a su lado, estaba ahí una cuidadora y le conté que era su sobrina. Nos sentamos un ratito ahí nomas. Tenía más de noventa años ya. En su casa había animales disecados que había cazado. Un oso enorme subiendo las escaleras, en vez de ojos tenía unas canicas, pero con la forma y la mirada de ojos de verdad.

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Hoy que vi el mar y tomé vino blanco mientras intercambiaba música muy parecida entre sí, o más bien ahora que estoy metida en mis sábanas de franela y recuerdo como el sol se fue metiendo, pienso que por qué me daba pena el verde. Que debería volver cuando caiga mi siguiente pago a comprar ese abrigo y encarnar de lleno al árbol de Navidad.

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Abril Castillo

miope e hipermétrope al mismo tiempo pero en ojos distintos