(01/52) Me tragué un clavo

Abril Castillo
3 min readJan 7, 2018

Creo que me tragué un clavo. No tengo pruebas ni quiero perder tiempo yendo al hospital. Estaba comiendo una sincronizada en mi cama. La compré en la taquería de cruzando el parque. Quería comer flautas pero estaba muy lleno el local. Así que crucé el parque y fui hacia lo que quizá sea mi muerte.

Todo por no querer esperar.

Nunca vi el clavo. Y la sincronizada estaba deliciosa. Sabía a mantequilla. Pero en un bocado que casi no mastiqué porque los sabores resbalaban como si nada, sentí algo medio filoso. Pudo ser cualquier cosa.

Carne dura.

Un pedazo de aluminio.

Queso frito.

Toda mi tristeza.

Un vidrio.

Una aguja.

La angustia de que mis amigos no me vuelvan a hablar.

Un alambre.

La certeza de que hoy no terminaré de ver Black Mirror.

Las ganas de obsesionarme con algo absurdo para no pensar en lo que realmente estaba pensando.

¿Qué pensaba antes de comerme el clavo? Porque después y desde entonces no he podido pensar en nada más.

Clavo, vidrio, tristeza. ¿De dónde podría haber llegado cada cosa? ¿Cuál es el origen de una aguja, de una carne así de dura, de un alambre? ¿De dónde viene la angustia? ¿Y cómo llegaron todas esas posibilidades a mi sincronizada minutos antes de engullirla?

¿Lo mejor sería ir a urgencias para con una radiografía saber qué es? ¿Ver la forma de un clavo en mi estómago me evitaría la muerte?

No siento dolor. No me salió sangre.

Entre más intento recordar la sensación de haberme tragado eso filoso, más la olvido. A cada segundo se hace más irreal. Se disipa el filo. Se diluye el clavo, la tristeza, la carne en mi interior.

Lo voy digiriendo todo.

Pasa el tiempo. Segundos que duran horas.

Lucho por no googlear: Qué pasa si te tragas un clavo. Y no lo consigo. Uno responde a otra que, igual de fantasiosa que yo, inventa la posibilidad de haberse tragado un clavo. Pero ella por lo menos sostuvo uno en su boca. Yo no. A mí me rasga por dentro lo que debería alimentarme. El uno que responde le dice: Sentirías un dolor insoportable.

Me calmo entonces.

Espero. A diferencia de no esperar las flautas, ahora sí espero paciente un rato.

Pasado el tiempo concluyo: Yo no siento nada. Dolor. Ni nada.

Me pregunto por qué de todo lo filoso que hay en el mundo tengo la certeza de que fue un clavo.

¿Qué es un clavo que te rasga por dentro?

¿Cómo se sentiría morirte así?

¿La hipocondria será realmente un miedo a la muerte? ¿O, como el vértigo, encubrirá más bien un deseo de no vivir?

Y no dejo de considerarlo. Ir a urgencias para que alguien me diga que todo va a estar bien. Que alguien me mire a los ojos y me ausculte y logre ver dentro de mí eso que yo no sé mirar. Alguien que me haga preguntas y me escuche y se siente a pocos metros de mi silla. Alguien que imagine todo lo que voy construyendo con palabras. Alguien que sea testigo de mi relato. Alguien con quien pasar el seis de enero. Alguien que tampoco esté con su familia ni amigos ni comiendo rosca ni abriendo regalos ni obsequiando nada.

Alguien.

Pero no hay nadie.

Ya ni si quiera estoy segura de que dentro de mí habite ahora ningún clavo.

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Abril Castillo

miope e hipermétrope al mismo tiempo pero en ojos distintos